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TENSIÓN ELÉCTRICA
SOBRE EL RÍO CURUEÑO

(con el debido respeto, carta abierta a nuestros políticos)

Así como existen silencios que dañan con su escandaloso ruido de fondo, hay también negociaciones que claman justicia por hacerlas a espaldas del pueblo. Y un pueblo puede ser llano y humilde a la vez, sí, pero jamás debería ser manipulado por aquellos que se autoproclaman los dioses de nuestro destino.

Ustedes hablan y hablan y, salvo que se comulgue con sus propios pecados, sus palabras no las comprendemos porque carecen de sentido para nosotros. Deciden. Y sus decisiones dañan la tierra que nos vio nacer y la riqueza natural que surgió con el principio de los días.

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Ustedes se confunden y, a cambio, nos ofrecen un dinerillo para digerir nuestras desgracias, como si el dolor se pudiera acallar con la avariciosa presencia de unas monedas y no con lágrimas. Alejados de nuestras preocupaciones son capaces de reunirse en un campo –ustedes piensan que neutral, donde nosotros leemos “de batalla”– y, tras sus conversaciones interesadas, nos ofrecen su amistad y “un regalo”, que realmente nos suena a falso y no aceptamos.

No se esfuercen en explicarnos la conveniencia del progreso por encima de nuestras tierras, ni nos impongan nada que para ustedes no quisieran. Sus promesas, por el momento, no las creemos y, además, no nos resultan atractivas. ¿Por qué no se bajan de sus pedestales de lujo para pisar el barro y la nieve, antes de atreverse a compartir nuestros sueños? Si así fuera, nos entenderían y se acercarían a cualquiera de nuestros pueblos para dar solución a nuestros problemas. No nos creen otros nuevos, por favor. Y si no nos entienden, al menos escuchen con atención la voz de un adulto que, siendo un niño en aquellos duros años de escasez, descubrió la magia que encierra un simple nido de gorrión en los aleros de un sencillo tejado. Sáquenle, con su experiencia, las conclusiones razonables de lo que es vivir con lo puesto. Y, si todavía dispusieran de tiempo, les invitaríamos a acudir al lado de una de nuestras ancianas y, en su voz, hallarían la respuesta de lo que significa vivir en esta tierra: “Pureza y milagro, hijo mío –les diría, mirándoles fijamente a los ojos–; fortaleza donde sobrevivió mi abuelo; reino donde se enamoró mi padre; cuna donde yo llegué a derramar mi sangre y tumba donde he de morir en paz..., si me dejan”.

Un pueblo, señores del poder, no se compra jamás con las migajas que otros no desean por ser dañinas para salvaguardar los intereses que mantienen viva la vida. No son justas esas diferencias, créannos. Nuestra forma de vida y la vida de nuestro río Curueño y la vida de nuestros campos y la de nuestro espacio aéreo, si de verdad no nos la pueden mejorar, queremos que la hereden los que nos suceden tal como está: libre de cables irritantes, que a nosotros sólo nos traen una alteración en nuestra tensión sanguínea, alta, muy alta, y un miedo de muerte bajo las ruidosas y temerosas sombras, alargadas en exceso.

A ustedes, señores, por si todavía no nos han comprendido, hemos de indicarles que las tierras del río Curueño y sus alrededores, desde Cármenes, hasta Boñar, sin olvidarnos de aquellas que riega el vecino río Torío, poseen tanta belleza natural y tanta historia que no respetarlas sería un crimen. ¿Las conocen personalmente? Pregunten, miren y comprueben por sí mismos y se convencerán de que, muy al contrario, merecen ser declaradas “Bien de Interés Cultural”, como ya, en otras ocasiones, hemos propuesto sin encontrar respuesta alguna a nuestros deseos, en este caso por parte de nuestros políticos más modestos.

La existencia de puentes medievales, en varios de nuestros pueblos; los restos de castillos, en Aviados y en Montuerto (abandonados a su suerte); el palacio, en Otero de Curueño, el torreón medieval de La Vecilla, la calzada romana (restos visibles pertenecientes a los Ayuntamientos de La Vecilla, Valdepiélago y Valdelugueros); la cascada natural, en Nocedo de Curueño; el paisaje donde vivió el eremita San Froilán, en Valdorria; las cuevas de Llamazares (con unos elementos geológicos únicos), y hasta un “Camino de Santiago”, hacia Asturias (con ermita y hospital de peregrinos, en Vegarada, tan olvidado que hasta da pena mencionarlo), bien se merecen ese “Bien de Interés Cultural”, que tanto deseamos para mantenerlo en pie, y no el sospechoso título de un final amargo.

Por último, si nos lo permiten, les diremos que estas tierras vienen siendo desde hace muchos años lugar de descanso y de “hospital” para miles de asturianos y de leoneses, sin discriminar otras procedencias. Por eso nos extraña sobremanera que sean ustedes, precisamente ustedes –señores Álvarez y Herrera, presidentes autónomos de Asturias y de Castilla y León, respectivamente–, los que nos impongan, sin nuestro consentimiento, abrir una herida incurable sobre la piel virgen de esta nuestra tierra. (Que Dios no lo quiera).

© Gregorio Fernández Castañón,
escritor.

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