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SANTA MISIÓN

En el interior de muchas de nuestras iglesias y ermitas todavía se puede encontrar una cruz, símbolo de aquellas lejanas jornadas espirituales denominadas “Santa Misión”. Unas jornadas que tuvieron su apogeo tras la guerra civil y que desaparecieron, en la mayoría de los casos, antes del año 1970. La cruz a la que me refiero, negra y de madera –aunque las he visto de mármol claro, como en Sopeña de Curueño, o de otros colores–, recuerda aquellos días y es portadora de una serie de palabras y de datos a los que más tarde me referiré, intentando explicar su porqué.
Pero..., ¿en qué consistía la “Santa Misión”? ¿Quiénes eran los encargados de realizarlas y a qué personas iban dirigidas? ¿Cuáles eran las máximas que se imponían? ¿Qué temas se trataban? ¿Cuáles eran las oraciones y los cánticos más comunes...? A lo largo de este artículo obtendrán respuesta éstas y otras muchas preguntas que satisfarán –eso espero– la curiosidad de aquellas personas jóvenes que, como es obvio,  no  conocieron  la  “Santa Misión”, mientras que –sin duda– traerán recuerdos (algunos de ellos nada halagüeños) a todos aquellos que, como yo, fuimos, en mayor o en menor medida, partícipes de las mismas en una época en la que, todavía, se apreciaban las “bendiciones y las torturas psicológicas” impuestas por las estrictas normas de la dictadura en la que vivíamos.

BREVE RESEÑA HISTÓRICA
Si partimos de un sentido etimológico, podemos definir “misión” como “envío” (enviar a predicar el evangelio de Jesucristo por el ancho mundo). Ahora bien, si nos atenemos estrictamente a su significado más reciente (desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX), la palabra “misión” significa una actuación extraordinaria por parte de los “enviados de la Iglesia” para conseguir, a lo largo de varios días, una conversión emotiva y vibrante de los cristianos, especialmente entre aquellos más díscolos o rebeldes.

Para determinar el sentido de “La Santa Misión”, tenemos que remontarnos hasta el siglo XIII, en el que determinados frailes dominicos y franciscanos recorrían las ciudades y los pueblos predicando el verdadero sentido del Evangelio y las virtudes de la salvación; siempre a través de la conversión y del arrepentimiento en el confesionario. Sin embargo, las misiones no adquirirían la forma sustancial con la que llegaron a nuestros días hasta el siglo XVI, siendo San Ignacio de Loyola, con sus “Ejercicios Espirituales”, quien más contribuyó a ello. A éste le seguirían, entre otros, San Vicente Paul, en el siglo XVII, y San Antonio María Claret, en el siglo XIX.
“La Santa Misión” no fue un invento exclusivo de España, sino que se hacía en todo el mundo cristiano. Y por poner un ejemplo, diré que allá por el siglo XVI, sólo en Francia, se reconocen diversos oradores como los Misioneros del Oratorio, los Clérigos de la Misión, los Eudistas y un largo etcétera.
Por su contenido y por sus objetivos, las Misiones podríamos clasificarlas en varios grupos: unas orientadas a la conversión de los protestantes y las otras por la forma de instruir a los católicos. También como catequistas o penitenciales, dependiendo de la forma en que se expusiera la verdad: de forma moderada o usando elementos emotivos y efectos impactantes (teatrales, a veces violentos).
Por el lugar donde se hacían, podríamos clasificarlas en dos nuevos grupos: misiones centrales (realizadas especialmente por los jesuitas, donde los vecinos acudían al lugar escogido por ellos) o misiones locales (las que nosotros llegamos a conocer, donde el misionero se desplazaba hasta los pequeños pueblos).

OBJETIVOS QUE SE BUSCABAN EN LAS MISIONES
Los objetivos propuestos eran varios, aunque el principal era instruir al pueblo a través de sermones, conferencias y jornadas de estudio del catecismo (para los niños –a mediodía– y para los adultos –por la tarde, tras la vuelta del trabajo–). Sin embargo, otros objetivos, no menos importantes, eran los siguientes: intervenir para solucionar pleitos y discordias (como rencores, matrimonios clandestinos, enemistades, etc.); servir a los sacerdotes; atender a las escuelas o, incluso, crearlas si no existían; visitar las comunidades religiosas y potenciar las cofradías de caridad, para llegar, finalmente, a alcanzar el objetivo esencial: la confesión general.

LA SANTA MISIÓN EN EL SIGLO PASADO
Tras la guerra civil, parecía que la única solución que se le ofrecía al pueblo llano, derrotado o deprimido, era “agarrarse” a la vida a través de la fe, invitándole a acudir en masa a las iglesias. Los sacerdotes y también, cómo no, la autoridad civil colaboraba, a veces no de muy buenos modos (con anuncios de catástrofes apocalípticas o, incluso, con amenazas de retornar al tormento de la guerra). De esa forma, con aquellos miedos, el éxito presencial estaba asegurado.
Los encargados de anunciar el inicio de una de las jornadas de la “Santa Misión” eran los propios obispos de cada diócesis a través de una carta/cartel, donde, además, aprovechaban para anunciar las indulgencias plenarias que alcanzarían los fieles participantes (1).

LA LLEGADA DEL MISIONERO
La “Santa Misión” no tenía fecha fija en el calendario. En el año 1943, por ejemplo, se realizaron en Carbajal de la Legua o en Santa Colomba de Curueño durante el mes de marzo, mientras que en el mes de abril se realizaron en Burón, en noviembre en Villamoratiel y en diciembre en Valderas.
De lo que no hay duda alguna es de que al misionero o a los misioneros se les recibía con grandes muestras de cariño y de alegría, tal y como consta en los documentos que tuve la oportunidad de estudiar: “El 13 del mes de noviembre de 1943 –refiriéndose a las misiones de Villamoratiel– llegaron a este pueblo los RR.PP. Capuchinos del Convento de León, Manuel de Hontoria y Marcelino de Montejos, siendo recibidos con grandes muestras de entusiasmo por el párroco, autoridades, asociaciones piadosas y el pueblo en masa, dirigiéndose seguidamente a la iglesia entonando cánticos de Misión”.  “El  pueblo en masa –leo en una de las crónicas Misiones, referente al pueblo de Zalamillas– acudió a recibir a los enviados del Señor, acogiéndoles con fervoroso entusiasmo y dando muestras desde el primer  momento de querer aprovechar para su santificación tan felices días...”.

ACTOS PRINCIPALES
Aunque en parte coincidentes con los objetivos ya expuestos anteriormente, conviene destacar que los actos principales de la “Santa Misión” eran los siguientes: el rosario de la aurora, el sermón de la mañana, la catequesis, las confesiones, las comuniones, las visitas (a las escuelas, a los enfermos, a los pobres, a los presos...) y las procesiones (Vía Crucis en caso de que las fechas de la “Misión” coincidieran con la Semana Santa). Y daba igual que hiciera frío o calor, porque los actos no se cancelaban jamás. Y para muestra de lo dicho, publico, a continuación, una parte de la crónica que encontré en el periódico “Correo de Zamora”, del 18 de marzo de 1953: “Todos los días a las 7,30 de la mañana, pese al frío reinante, la Peña del Chigre sacó en procesión a la Virgen de Fátima en el Rosario de la Aurora, y el día 13 para el Vía Crucis que se pensaba celebrar en la Plaza Mayor y que, debido al gran frío reinante, hubo de hacerse en la iglesia de San Pedro; la Peña construyó una artística cruz de madera de 5 metros de longitud, iluminada toda ella con bombillas, y que colocó en el balcón del Ayuntamiento, ofreciendo por las noches un espectáculo deslumbrante.”

(1) En mi período de investigación tuve la gran suerte de encontrar una de esas cartas (reproducida en la página siguiente). Suerte porque, ni más ni menos, se dirigía a los vecinos del pueblo de mi nacimiento; suerte por “caer” en mis manos un viejo libro protegido con la propia carta (con el texto hacia el interior); suerte porque, en aquel momento, mi curiosidad hizo que levantara aquel  forro de papel, y suerte porque se trataba de una carta firmada por el famoso obispo Almarcha.
Por el contrario, es una pena que la carta no estuviera completa, privándonos, así, de una parte del texto y de la fecha en la que fue firmada (pienso, en todo caso, que corresponde al año 1954, año de “Misiones” en la Iglesia de “Santa Eulalia” de Valdepiélago).

 

ORACIONES Y CÁNTICOS MÁS COMUNES
Además del “Padre Nuestro”, del “Ave María”, del  “Credo” y del “Yo Pecador”, en la “Santa Misión” se rezaba por la paz  y se pedía la intervención de todos los santos: se rezaba a la Santísima Virgen, al Ángel Custodio, al Patrono del pueblo... Se hacían actos de fe, esperanza y caridad. Y había oraciones específicas al comenzar la misa, en el ofertorio, en el Sanctus, al alzar la Hostia y el cáliz, al comulgar... Y se re-comendaban preces como las que siguen (Urbis et Orbis 2 de febrero de 1897): “Bendito sea Dios. / Bendito sea su Santo Nombre./ Bendito Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre...”.
Las canciones que se entonaban eran muy variadas; llegando algunas de ellas hasta nuestros días, como por ejemplo: A Misión os llama(“A Misión os llama, / errantes ovejas, vuestra tierna Madre/ la Pastora excelsa...”), Venid y vamos todos (“Venid y vamos todos / con flores a porfía. Con flores a María, / que Madre nuestra es...”), o Perdona a tu pueblo, Señor(“Perdona a tu pueblo, Señor, / perdona a tu pueblo, / ¡perdónale, Señor!...”).

TEMAS MÁS RECURRENTES
Los misioneros recurrían una y otra vez a “la importancia de salvarse” (a salvar el alma, se entiende, no a salvarse del hambre); recurrían a “la gravedad de caer en el pecado mortal”; “al peligro de la muerte del pecador”, “al juicio universal”; “a la misericordia de Dios”, al “cielo” y al “infierno” (la escenificación del infierno –según me indicó una persona de Boñar– ‘era terrible, por el miedo que nos hacían pasar’), y recurrían, también, cómo no, “al perdón de nuestros enemigos”, a “la devoción a la Santísima Virgen” y “a la perseverancia”.
El objetivo de todo ello era conseguir que los fieles participantes se confesaran, se arrepintieran y comulgaran (ya que, de lo contrario…, el infierno, el dolor, las llamas...).
El “éxito” conseguido en la “Santa Misión” se hacía público. Y se hacía de manera increíble. Porque, digo yo, ¿quién controlaba el número exacto de tanto comulgante? Sobre el resultado de Sahelices del Payuelo, leo textualmente: “estos actos contribuyeron a excitar más y más el entusiasmo y fervor que culminó en los del último día. No quedó nadie en la feligresía que no se acercase al Sagrado Banquete, pasando de 600 las que se distribuyeron durante la Misión...”. O leo, también, estos otros datos: “Se repartieron unas 800 comuniones” (en la crónica de Bustillo de la Vega). “En total se distribuyeron 959 comuniones...” (en la crónica de Tama, Ojedo y Armaño) o, para concluir, “... ni disminuyó la concurrencia ni el entusiasmo en todos los días de la Misión, como lo demuestran las MIL DOSCIENTAS COMUNIONES...” (así, con mayúsculas), en los datos que encontré sobre las misiones de Zalamillas.

Y DE RECUERDO... UNA CRUZ
De madera, y normalmente pintada de negro, esta cruz, que todavía se puede ver en el interior de muchas iglesias fue realizada por uno de los vecinos del propio pueblo, siguiendo, eso sí, las instrucciones del “misionero”. En concreto, la cruz que aparece en la fotografía de esta misma página pertenece a la ermita de Otero de Curueño y fue realizada por Ricardo Fernández, “El Carrero”.

SANTA MISION

Todas las cruces son muy similares y en casi todas ellas se puede leer arriba la palabra “Gloria”, abajo “Infierno”, a la izquierda “Juicio”, y a la derecha “Muerte”. Cuatro de los temas recurrentes, destacados en el párrafo anterior. Asimismo, figuran las palabras “Santa Misión”, en su brazo horizontal, y el nombre de la congregación que la realizó, en su brazo vertical. Las fechas que aparecen en ellas se deben a las fechas de las distintas “Misiones” realizadas en el pueblo. Para finalizar, tengo que añadir que, en determinadas zonas, como es el caso de Santa María del Rey o de Villamor, estas cruces son poseedoras de otro tipo de adornos, realizados todos ellos también en madera: una escalera, la cruz de espinas y los tres clavos.

© GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

Faltaba la estampita. Y la encontré. Todo un documento ¿histórico? de la Santa Misión celebrada en El Otero (Otero de Curueño) del 26 de febrero al 2 de marzo de 1956 (ver correspondencia con la fecha de la cruz: 2-3-1956 (último día: 2 de marzo de 1956).

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