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D. PEDRO GARCÍA DE ROBLES

Insigne maestro de Tolibia de Abajo

Es necesario ambientar este artículo a finales del siglo XIX, donde las piedras y el polvo, el lodo o la nieve, acercaban a los pies del caminante escabrosos caminos por los que pasaban, también, las caballerías sueltas o enganchadas a viejos carros de madera. Entonces, las huellas de las madreñas y de los lobos iban marcando su pulso geométrico por encima de aquella vasta piel, pero solo hasta que el viento del norte quisiera, imponiendo su ley o su silencio. Había un ir y un venir, sin llegar a ninguna parte, cuando León o Asturias eran paisajes tan cercanos como desconocidos para un gran número de parroquianos. Los lugareños disponían de un sombrero de paja, en verano, y de una boina de fieltro negro, en invierno, para esconder el sudor de la frente, y estaban en los atardeceres fríos las brasas de un brasero, esperando bajo las sayas de una mesa camilla, con sus guiños calóricos y sus regüeldos de roble. Dependiendo de las hojas de los calendarios, a la calle se salía con las mangas remangadas o con una capa de tela gruesa sobre los hombros. Se desconocían los beneficios de los baños de sol, y en el río Curueño se lavaba la ropa sucia y, a escondidas, se dejaban al descubierto las carnes níveas para que las purificaran con sus lágrimas las nereidas. Quiero añadir que los hombres arañaban sus riquezas a la tierra sin importarles el luto de sus uñas y las mujeres paseaban el suyo propio, el luto, con total normalidad: iban con él a la fuente; con él amasaban el pan; rezaban sus interminables letanías a la luz de las velas, o hasta lo acercaban al baile del Santo Patrón para no desdecirse de la sombra de las parras. Como siempre, igual que siempre, en eso nada ha cambiado, los niños dejaban en libertad su inocente sonrisa y jugaban a ser mayores desde los escenarios donde escondían sus tesoros más preciados; además iban a regañadientes a la escuela.

En el Concejo de Valdelugueros, un jovencísimo maestro impartía su cátedra a más de setenta alumnos. Natural de Tolibia de Abajo, donde había nacido en el año 1851, tenía por nombre Pedro. Pedro García de Robles, para ser más exactos.

BREVE RESEÑA FAMILIAR

Pedro descendía de una larga familia de hidalgos, y prueba de ello ha quedado patente en las bóvedas de cañón en piedra y en los escudos de su vivienda-mansión. Al parecer, todo comenzó a principios del siglo XIX con el emparejamiento de Isabel Orejas (del linaje de los Orejas-Canseco) con Pedro García de Robles, ambos ascendientes del ilustre maestro. María del Carmen Orejas Díez, en su magnífico libro "Mancomunidad del Curueño, Historia, Hidalguía y Armería en Piedra" así lo explica. Y añade un dibujo de uno de los escudos, dañado con el paso del tiempo.

María del Carmen Orejas Díez, además, nos explica en su libro el significado de los cuatro campos de este escudo de la siguiente forma:

1º OREJAS Un castillo almenado con tres torres, la del homenaje mayor.

2º CANSECOS De sinople con un árbol de oro cuyo tronco va atravesado por una lanza a cuya punta tiene una bandera del mismo color. Al pie del árbol, un lebrel blanco atado a él con una cadena de oro.

3º DIECES Un sotuer de oro en campo de sinople.

4º GETINOS Una pájara en campo azur y bajo ella una flor de lis.
Bordura general con la leyenda de los apellidos y ocho sotueres partiéndolos: OREJAS, CANSECOS, XETINOS Y DIECES.

Pedro García de Robles se casó con Carolina Díez, natural de Valdeteja. Ambos fueron progenitores de Amalia y Antonia García de Robles Díez. Esta última y su esposo, Tomás Ordóñez, tuvieron un hijo: Pedro Ángel Ordóñez García de Robles, cuyos descendientes son los actuales dueños de la citada vivienda-mansión en Tolibia de Abajo. Carolina Díez, esposa de D. Pedro, a la que preparó para hacerse maestra, y que lo fue de Tolibia de Abajo.

SOBRE LA ENSEÑANZA DEL INSIGNE MAESTRO

Todas las fuentes consultadas coinciden en indicar que D. Pedro (así, con respeto, le nombran) era, ciertamente, un buen pedagogo hecho a sí mismo. Su buena fama traspasaba más allá de los linderos comarcales, llegando hasta León o Valladolid, donde, por cierto, una familia de renombre le confió la educación de su hijo, dejándolo en régimen de internado en su propia casa. Eran otros años. Eran otros tiempos. Quienes recuerdan los comentarios trasmitidos de generación en generación me dicen que sus métodos eran tan severos como participativos. Un simple gesto (tal como echar la capa hacia atrás y dejar que las manos la sujetaran a la espalda) bastaba para que la bulliciosa concurrencia (casi ochenta alumnos de ambos sexos) le prestara atención, guardando un riguroso silencio. Como quiera que las edades de sus alumnos fueran muy dispares, hacía que los mayores tutelaran a los más pequeños, y con ello conseguía nuevos objetivos, incitándoles a ser responsables de sus actos y de los actos de los peques. Si algo fallaba, reprendía a los tutores. Con su observación meticulosa de cada alumno, llenaba las hojas de su cuaderno para, después, impartir clases específicas a cada uno de ellos: a quien le gustaban las Ciencias le insistía en esta materia, haciendo lo propio con los alumnos que destacaban en Letras. Al final de la etapa escolar (a los catorce años), aconsejaba a los padres la vocación de sus hijos por si tenían a bien darles continuidad en sus estudios superiores. Les animaba a ello.

UNA ANÉCDOTA

Quise dar a entender en la introducción de este artículo que aquellos tiempos eran muy difíciles. Salvo excepciones, todos, como dice el refrán, y aquí viene muy a cuento, "pasaban más hambre que un maestro de escuela". Pero el hambre –escrito está también– agudiza el ingenio. Y el ingenio de Pedro García de Robles no tenía fin. Me dicen que, para que sus alumnos se familiarizaran con la economía y el comercio les llevaba diversas monedas con las que les explicaba el valor de los objetos y el manejo del cambio. Monedas que, en la mayoría de los hogares, como es obvio, brillaban por su ausencia: cada familia se preocupaba de cosechar o de abastecerse de la comida necesaria para todo el año, y lo que se necesitaba a mayores (aceite, azúcar, sal, ropa, etc.) se cambiaba por productos de la propia cosecha (cereales, frutas, verduras, embutidos…) o se aceptaba como pago por los trabajos realizados de terceras personas (profesionales ajenos a la agricultura o ganadería). Es posible que esta y otras muchas lecciones prácticas lograran abrir nuevos horizontes en el alumnado. Por eso, nadie se extraña de que de la escuela de don Pedro García de Robles surgieran, con el tiempo, importantes especialistas de muy diversas ramas, como fue el caso del patronímico Fierro, genios de las finanzas en Tabacalera, Fosforera, Refinerías de Petróleos; banqueros, navieros o, entre otros, consejeros del Banco de España.

FALLECIMIENTO Y HOMENAJE

D. Pedro falleció el día 6 de septiembre de 1915. Y, según me indican, "al entierro asistió un gran gentío, como jamás se ha visto por estas montañas". Y añaden: "aquel mismo día se nombró una comisión para que se encargara de comunicar el fallecimiento al resto de sus alumnos, dispersos por todo el mundo. Con la carta se les comunicaba la intención de erigirle un monumento y se les solicitaba, para ello, la colaboración económica". Colaboración que no se hizo esperar, ya que al año siguiente, concretamente el 25 de septiembre de 1916, se inauguró el monumento en su memoria, situado en uno de los altozanos de Tolibia de Abajo.

 

Sentado en la base, Pedro A. Ordóñez, nieto del insigne maestro

La obra fue realizada en piedra por el escultor Julio del Campo. Posee una base redonda que sirve de apoyo a otra cuadrada y, encima de esta, el monolito donde descansa el busto del maestro.

En la cara frontal del monolito destacan uno de los símbolos de la enseñanza y la frase "A LA GRATA MEMORIA DEL MAESTRO MODELO D. PEDRO GARCIA DE ROBLES. SUS DISCIPULOS Y ADMIRADORES".

En el lateral derecho (visto de frente) está grabada la siguiente frase, escrita con letras mayúsculas: "SIEMPRE HABLARÁ DEL LA FAMA MONTAÑESA". En el lado opuesto, escrito en este caso con minúscula, se lee "Acendrada virtud tuvo y sobrados meritos para erigirle este monumento".

En la cara posterior del monolito dejaron grabado el año de su realización: "AÑO DE 1916". Con insistencia, me indican que este monumento, cercado por una sencilla rejería, es el primero que se levantó en España en honor a un maestro. Dato este último que yo no he podido confirmar, tal y como me hubiera gustado.

EL MONUMENTO Y LA CASA DE D. PEDRO DURANTE LA GUERRA CIVIL

"¿A quién representa ese busto?". "¿Acaso a algún líder sindical?". "¿A algún comunista?". "¿Quién fue ese cura?". La intención de uno y otro bando, al llegar a Tolibia de Abajo, era muy clara: tirar por tierra el busto de D. Pedro. Destruirlo. Pero sus vecinos, con exceso de cautela, les respondían una y otra vez: "No. No. Fue nuestro insigne maestro D. Pedro. El hombre que educó a nuestros hijos de manera ejemplar". Y, por extraño que parezca, el busto siguió en su sitio. Inmune.

Peor suerte tuvo la casa donde nació, ya que, igual que les ocurrió a otras muchas viviendas del pueblo de Tolibia de Abajo, por no decir a todas, fue saqueada e incendiada. Ni se libró del fuego ni se libró del saqueo: incluso "el pequeño tesoro" que sus familiares escondieron tras una tapia en una de las bodegas (libros encuadernados en piel, documentos, fotografías, cuadros, muebles…) fue descubierto. Todo fue destruido o robado; todo menos las joyas que habían enterrado a la sombra de un manzano.

La vivienda de D. Pedro, como el resto de las viviendas quemadas, tuvo que ser restaurada. Ahora bien, los arcos de piedra y los escudos, por ser incombustibles, como la labor meritoria de tal insigne maestro, quedaron en pie. Por eso hoy día, a falta de un lustro para que se cumplan los cien años de su muerte, podemos seguir viendo la excelente labor y el agradecimiento que se profesa a D. Pedro. Todavía existen muchas y buenas lecturas bajo el pedestal donde se refleja el espejo de su vida... pétrea. © GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN Agradecimientos: A cuantas personas de Tolibia de Abajo y de Valdelugueros me ofrecieron información; especialmente a Dña. Rosalina Rico (viuda de D. Pedro A. Ordóñez) y a Dña. Camino Ordóñez (hija de ambos y bisnieta de D. Pedro García de Robles). Sin su ayuda, y si no me hubieran cedido las fotografías familiares, este artículo no sería el mismo.

© GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

Agradecimientos:
A cuantas personas de Tolibia de Abajo y de Valdelugueros me ofrecieron información; especialmente a Dña. Rosalina Rico (viuda de D. Pedro A. Ordóñez) y a Dña. Camino Ordóñez (hija de ambos y bisnieta de D. Pedro García de Robles). Sin su ayuda, y si no me hubieran cedido las fotografías familiares, este artículo no sería el mismo.

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