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NO TOQU
ÉIS MI MONTAÑA..., POR FAVOR

 

Muy de mañana, cuando la suave brisa empujaba a noviembre a salir al ruedo, vi ondear un pañuelo verde en un balcón. Y luego otro sujetando el pulso de una manilla en la puerta de un hogar. Y otro dando contraste al color incoloro de un cristal transparente. Y otro y otro y otro y otro... Vi decenas de ellos gritando su impotencia a quien quisiera escuchar. Sin embargo, allí sólo había silencio. Un silencio excesivo que llegaba a taladrar mis ojos cuando se cruzaban con las palabras rojas que pendían de unos carteles blancos, colgados en la plaza y en la Casa del Pueblo: “No a la alta tensión”. ¿Alta tensión cruzando mi vida y la de tantos moradores que me acompañan en este nuestro destino? ¿Alta tensión? ¿Por qué? ¿Para qué?

Por favor, no toquéis mi montaña. Respetadla. No la toquéis, os lo ruego. Dejadla así. Tal como está, porque es mía y es de todos a la vez. No seáis ciegos, sordos y mudos, porque ¿no comprendéis que también es vuestra y así se la queremos dejar a los que nos van a suceder por derecho?

 

 

Fue muy bonito –digo– pasear por las calles de aquel pueblo que admiro y quiero por llevar en sus venas una parte del agua que riega mi sangre. Y lo fue porque no había una sola esquina que no luciera el crespón verde, símbolo de la esperanza y reflejo de tanta primavera que nos ha de llegar si vosotros, los que amáis el dinero por encima de todo, no nos colocáis a las puertas del éxodo una vez más. Y... Son demasiadas las veces en las que León ha padecido esta plaga y tortura a lo largo y ancho de su historia más reciente (León, mi León, ¿en qué te están convirtiendo?). Pero...

Fue, insisto, muy bonito y emocionante llegar a las puertas del cementerio el día de Todos los Santos y comprobar que también allí, dentro de aquel remanso de paz, alrededor de él, brillaba con luz propia el color de la vida. Sí, sí, la luz de la vida y la belleza inenarrable, con el río Curueño como gran protagonista. Aunque... –juro que fue real lo que sigue a continuación–, ¿qué pretendería decirnos aquel hermoso gato negro, negro, muy negro, que una y otra vez, insistentemente, tocaba con su piel las piernas de cuantos allí estábamos; rodeaba las tumbas (todas las que nacen en la misma ladera de la montaña, arriba, y las que dan al camino, abajo) o se subía, incansablemente, a ellas durante el tiempo que duró aquel respetuoso responso y recuerdo a nuestros muertos? ¡Uf...!

   

 

Cuando volvía a atravesar aquel pueblo para llegar al siguiente destino, mi piel se llenó de tantas emociones que, por sí solas, lograron erizar mi vello. “Sé que no estamos solos” –pensé. Un poco más lejos, pero tan cerca que se escucha con total nitidez el ritmo de sus quejas, otros pueblos, pertenecientes a los municipios de Villamanín, Pola de Gordón, La Robla, Vegacervera, Matallana de Torío, La Vecilla, Santa Colomba de Curueño, Vegaquemada, La Ercina, Cistierna, Cebanico, Prado de la Guzpeña y Valderrueda, siguen poniendo en sus ojos el mismo crespón verde. Siguen sembrando en sus mesas la esperanza de un futuro rico en una bella tierra y nada contaminada. Y siguen luchando por estar tan vivos y sanos como un día lo estuvieron sus padres y abuelos.

Por todo ello, y porque nos merecemos el mismo respeto que os profesamos, políticos que ostentáis el poder de nuestros destinos, os pido, una vez más, que escuchéis la voz del pueblo. No le deis la espalda. La voz es única, sincera y clara: "No a la alta tensión"; "No a la línea Sama-Velilla".

 

 

En esta ocasión, permitidme, además, que en nombre propio os pida que, por favor, no toquéis la montaña que un día heredé y dejaré en herencia. No la toquéis, por favor, salvo, eso sí –lo he dicho y lo seguiré manteniendo–, que sea para mejorarla. ¿Veis? ¿Escucháis cómo late la vida en ella? Venid y subid a su regazo, pero dejad enterrados en sus tumbas esos postes de la alta tensión que pretendéis implantar, porque sin duda alguna, la irritarán y... la condenarán a vivir arrodillada hasta que alguien, en su sano juicio, tal vez cuando sea demasiado tarde, se proponga reparar tan grave daño.

Termino, y lo hago con esta reflexión que no me pertenece, pero que comparto plenamente: “Si no somos capaces de respetar la Naturaleza, más tarde o más temprano, será ella la que no nos respete a nosotros”.

 

© GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

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