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EL MENSAJE HALLADO EN UNA TEJA

A la mar, a un océano, a un río caudaloso… ¿A quién no se le ha ocurrido alguna vez escribir un mensaje para depositarlo, después, en el interior de una botella antes de… lanzarlo al agua? "Allá va", pensamos, mientras las corrientes van haciendo su trabajo para dejar en buenas manos nuestros deseos más íntimos: "rescátame de este infierno y ámame, por favor". A lo largo de nuestra vida, cientos de veces hemos gritado sin voz para que nos escuchen, incluso, los sordos más severos. Una frase, nuestra firma, un dibujo… ¿Cuántas veces hemos puesto una sonrisa en nuestros labios con el fin de no contagiar la soledad o el dolor a quien nos mira con exceso de cariño? Decidme: ¿a que en más de una ocasión todos hemos escrito un poema o un pensamiento para que, intencionadamente, nos lo lleve el viento o para que su pureza perdure entre las hojas de un libro? La verdad: porque necesitamos comunicarnos o, simplemente, demostrar nuestra rebeldía en un momento determinado, todos, de una u otra manera, hemos lanzado, con mayor o menor alcance, ese tipo de mensajes (mentales, verbales o escritos). Todos, incluso un joven tejero.

BREVE HISTORIA DE UN HALLAZGO

Los gatos, en los pueblos, se suben a los tejados para intentar dar caza a los pajaríllos incautos o para estar más cerca de la luna, pensando, tal vez, que, por ser un queso grande y fresco, allí tiene que haber miles de roedores. Los hombres estamos más pendientes de estar en la luna que de limpiar la piel de las tejas. Eso sí, cuando hay borrasca en nuestro corazón, nos acordamos de Santa Bárbara y hacemos verdaderos esfuerzos por tapar las grietas donde las lágrimas salpican el alma. Llueve. Y es, entonces, solo entonces, cuando somos conscientes de que los tejados nos cubren del sol, sí, pero, sobre todo, nos protegen de esos chaparrones que irritan, y de qué manera, la tranquilidad y el calor de nuestro hogar.

Quiero decir que yo también estuve más cerca de la luna y, la verdad, rompí más tejas que goteras arreglé, pero, por casualidad, encontré una vieja teja con un mensaje escrito en su carne cocida de barro rojo.

Tras la sorpresa inicial, me lance a descifrar su contenido, pero, entonces, sólo pude leer determinadas palabras, ya que los líquenes y los excrementos de las aves cubrían otras. Mi primera intención fue dejarla allí; de hecho, bajé del tejado, pero… decididamente tenía que "rescatarla", y lo hice subiendo a por ella acompañado por mi cámara fotográfica.

Una firma (entonces ilegible), una fecha (dudosa: 1910, 1940 ó 1970), frases (incoherentes por el momento) y nombres de poblaciones conocidas: Cangas de Onís, Mestas de Con, Villaverde y… ¿El Corcio?, al que le seguía claramente la palabra "Asturias", era todo cuanto se veía a primera vista.

Con excesiva prudencia, empecé a eliminar los residuos vegetales y sólidos pegados encima de las letras (solo encima de ellas) para descifrar el mensaje. Un simple cepillo de dientes, un bisturí de cirujano y un detergente líquido, junto a decenas de fotografías digitales (ampliando las imágenes lo máximo posible) fue todo el material que usé en mi pequeño ¿laboratorio? de investigador. Me centré en la firma. Y conseguí, con el tiempo, descifrar los apellidos de su autor. El nombre, lo dejé "aparcado" por un tiempo.

"El Corcio", como quedó dicho, se leía perfectamente pero, al no tener la seguridad de que fuera una población, revolví "Roma con Santiago" hasta encontrar una aclaración convincente. Y la encontré: en Asturias, al corzo también se le conoce como "el curcio" o "el corcio".

"¡Eureka!", exclamé: "El Corcio" bien pudiera ser el apodo del autor. Llegado a este punto, algo tenía muy claro: o la teja llegó hasta Otero de Curueño (León) procedente de Asturias, o el autor de la frase tenía que ser asturiano, por lo que, ni corto ni perezoso, viajé a Cangas de Onís, Mestas de Cos y Villaverde, inmediatemente después de que ya había desenmascarado el nombre completo de su autor (la firma, entonces, para mí era legible).

En Asturias, en Ribadesella en concreto, me dieron información muy válida y me hablaron de José Manuel Feito Álvarez, un autor que había escrito sobre los antiguos tejeros, entregándome una fotocopia de uno de sus textos, extraído del II volumen de La Enciclopedia de la Asturias Popular (editada por El Periódico-La Voz de Asturias, 1994):

«Los antiguos tejeros o tamargos de Ribadesella llevaban una vida de trabajo y miseria. Contratados por el man o jefe, que los explotaba, abandonaban su domicilio en cuadrilla para emplearse desde mayo a septiembre en otros concejos asturianos y también en zonas por lo general lindantes con la región. Su vida era muy penosa, durmiendo a teya vana, es decir, sin otro techo que el tejado, comiendo poco y mal y trabajando en condiciones normalmente infrahumanas. Utilizaban como jerga o lenguaje gremial, la xíriga, parecido al bron de los caldereros; era su herramienta de defensa y supervivencia ante la dureza de sus desplazamientos y condiciones de vida. El proceso de producción de las distintas piezas fabricadas por los tejeros empezaba por cortar el barro en finas lajas; luego se llevaba hasta la era y allí se dejaba al sol hasta el atardecer, en que, caliente, se echaba al lagar para ser amasado. A continuación se manipulaba con distintos instrumentos: el rasero, el cocín, el marco, el punzón, etc. Las piezas elaboradas por los tejeros (tejas y ladrillos, básicamente) eran colocadas en la era por los tendedores; después de secar, iban a parar al horno. Era una tarea muy dura en la que participaban distintos artesanos: el cavador, el maserista, el tendedor, el pinche, el cocedor, etc.». De nuevo en León, vía Internet, conseguí más información al respecto, cautivándome cada paso que lograba dar. Por ejemplo: en la página denominada Castrodelcondado.com encontré esta nota que, de nuevo, relaciona a los "tejeros" con temporeros llegados de Asturias: "Gerencio Castro nos cuenta que en el pueblo todavía pueden verse los restos de varias tejeras, una de las pocas industrias que ha tenido Castro del Condado. Los últimos que recuerda dejaron de producir por los años sesenta del pasado siglo. Una de las tejeras, llamada DEL TÍO SINDO, fue levantada por GUMERSINDO LLAMAZARES. Estaba casado con LAUDELINA CÁRMENES y se trasladaron a vivir de Vegas del Condado a Castro. A esta tejera venían a trabajar los tejeros asturianos. Estos eran temporeros que emigraban desde la región de Llanes a toda España, habitualmente durante los meses de mayo a octubre."

En una nueva página tuve la suerte de encontrar unos versos recogidos por Josefa Canella, cuyo interés radica en dos aspectos: determinadas palabras están escritas en xiriga, y de nuevo León está presente:

...Pasan el Puerto del Pontón
y también el de Pajares,
y el de Bárcena Pie Concha
los llamacinos de Llanes.
Y por tierras de León,
de Burgos y de Palencia,
de Vizcaya y de Navarra
y Ribera del Pisuerga,
allí yasten (van) nuestros zomos (mozos)
a machuriar (trabajar) la llamacea (tejera).

Asturias, León, tejeras, tejeros y… una fecha para tener muy en cuenta: en mi teja, por fin, descubrí su antigüedad: 1970 (cuarenta años soportando fríos y calores, vientos y tempestades).

Tras el descubrimiento de la fecha tan sólo me atormentaba encontrar a su autor. Si vivía, tenía que conseguirlo. Y lo encontré, no sin esfuerzo, pero sólo pude hablar con él por teléfono y, aunque no quiso concederme una entrevista personal, me facilitó varios datos:

Avelino Fuente Rivera –ese es su nombre– nació en el caserío El Corcio (Asturias), en el año 1935. Trabajó en la tejera de Campohermoso (León), propiedad de Juan Gutiérrez (de Aviados, León) y también con la familia "Costillas", en Boñar (León), lugar en el que se casó y vive en la actualidad.

Cuando escribió sobre la teja de referencia tenía, por lo tanto, treinta y cuatro años.

EL MENSAJE COMPLETO DE LA TEJA

En un principio, así en frío, el mensaje puede parecer un tanto obsceno, pero no lo es. Para nada lo es. El mensaje que escribió Avelino es claro y contundente. Real. Y se ha de leer al pie de la letra y se ha de cumplir, si así se desea. Quiero decir que se ha de levantar la teja para ver su espalda, su retaguardia, su canalillo o… su culo.

El mensaje lo he dividido en tres partes, porque de esa forma, así lo entiendo, lo quiso hacer su autor.

En la zona superior de la teja aparecen la firma y la fecha. A la derecha se nombran las poblaciones. Y en la izquierda, con prolongación a la derecha, está escrito el resto del contenido, con una salvedad: en el lateral más ancho de la teja y en sentido opuesto, quiero leer, de nuevo, la palabra "Corcio".

Parte superior: Avelino Fuente Rivera. 19 (falta el mes) de 1970

Parte derecha: Cangas de Onís, Mestas de Cos, Villaverde, El Corcio Asturias Parte izquierda: Si queréis saber de qué familia vengo, alza(d)me la verga, que de tapa sirve, y veréis que culo tengo.

LA TEJERA DE CAMPOHERMOSO

No voy a negar que esta historia me cautivó desde un principio, ni tampoco que encontré en ella suficientes motivos para ahondar en una profesión artesanal ya desaparecida y, además, me sirvió para ponerme uno de los trajes más novelescos: el de investigador que, a fuerza de unir cabos, encuentra el fin. Sólo me faltaba pisar la "catedral", el lugar donde, con un punzón o una simple rama, se escribió el mensaje, tal vez el resultado de una rebelión momentánea (cansado de aguantar chaparrones o de soportar temperaturas infernales). Un mensaje que, con la fuerza del calor, perduró en el barro rojo de una teja y al que alguien (un albañil) no dio importancia alguna, hace cuarenta años, aunque yo, transcurrido el tiempo, sí que se la doy porque, realmente, creo que la tiene.

La "catedral" a la que me refiero es la tejera de Campohermoso. La vieja tejera, la única que existía en el municipio. Confieso que, a pesar de la cercanía con el lugar de mi nacimiento, jamás había estado allí. Y confieso que al ver lo que vi (las ruinas de una profesión y el abandono del "campo de batalla") se me escapó un quejido de impotencia (léase "¡joder!"). Lástima que no sepamos ni queramos conservar nuestra historia. Y lástima que ni en la Diputación Provincial de León, ni en la Junta, ni en los ayuntamientos más cercanos (La Vecilla, Valdepiélago o Boñar) exista alguien sensible a estas cosas.

Recuperar esas paredes del horno, todavía en pie, y recuperar esa maquinaria industrial, allí abandonada, no parece muy costoso y, sin embargo, sería más que interesante volverlas a ver en un aula o, si se prefiere, en un mini museo. La reproducción del horno, la maquinaria y unos simples paneles explicativos serían suficientes para reconocer la importancia de la profesión del tejero en aquellos días. Con ello, se recuperarían también, porque sin duda existen, viejas fotografías junto a otros instrumentos rudimentarios usados en esta profesión. Si además lográramos compaginar la sección museística con talleres infantiles (en época veraniega), la justificación sería más que plausible.

En fin, manifiesto públicamente que no me gustó nada ver la muerte de una profesión tirada por el suelo, por lo que, definitivamente, me quedo con el mensaje de la teja: "si queréis saber de qué familia vengo…".

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS: © GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

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