cabecera

“LOS VELEROS”

Con un cuidado especial se limpiaban y se regaban las calles, la plaza, los corrales... En los búcaros de la ermita se instalaban flores frescas y se engalanaban las calles colocando, de esquina en esquina, unas humildes banderillas de papel: verde, rojo, azul y amarillo. Después, en un abrir y cerrar de ojos, el pueblo entero olía a pan recién cocido y a tortas de leche y miel; olía a mazapán y a rosquillas de nata y huevo; a guisos de lujo... ¡A fiesta!
Durante aquellos días, había unas ganas locas por aparentar o ser un poco diferentes, que es lo mismo: los niños jugaban a ser mayores y éstos volvían a recurrir a la nostalgia para seguir soñando con lo que nunca fueron: los héroes de los cuentos infantiles. Los jóvenes, en edad de merecer, afilaban sus largos dedos de conquistadores y los más ancianos sacaban pecho, pecho de honor, en un intento de olvidarse de sus continuos achaques. Unos y otros y los más lejanos –mujeres incluidas, claro está– preparaban sus mejores trajes, sacaban brillo a sus zapatos y se disponían a pasear sus mejores deseos, su sonrisa más amable. Al final, todos se olvidaban de ser quienes eran y salían de sus casas, ilusionados, para recibir, un año más, a “Los Veleros”.
¿Pero qué hacían...? ¿Quiénes eran aquellos Veleros que, durante unos días del mes de septiembre, se atrevían a navegar en un mar de tierra adentro? Recuerdo...
Si me pongo a recordar la historia que yo viví en mi pueblo −Otero de Curueño−, necesariamente va unida a estos prohombres que llegaban cargados de alegría y que, además, la sabían transmitir y te inundaban de ella durante tanto tiempo... Tanto que todavía hoy creo que por los poros de mi piel surge su grito: “Señoras y señores: con todos ustedes... ¡la orquesta Robles-Los Veleros!” Y el redoble de la batería, entonces, parecía invitar a todo el mundo a olvidarse de sus penas. Y los acordes del saxo, de la trompeta y del acordeón se unían tan armónicamente, tan fieles al aire de la fiesta que, con razón, te sentías el rey en medio de un jardín de estrellas.
Señoras y señores, de corazón, me complace presentarles a todos ustedes la famosa orquesta Robles-Los Veleros.

En un principio...
La vida no tiene sentido alguno si no hay un amor por medio. Y el amor de Felipe Robles Fernández, natural de Palazuelo de Eslonza, y de Adelaida Lagarto González, vecina de Vallecillo, fue tan espectacular como fructífero: el matrimonio tuvo ocho hijos, como ocho flores, que vieron la luz aquí y allá, dependiendo del lugar donde la vida se detuvo en cada una de sus etapas. Vitalino, por ejemplo, nació en Palazuelo de Eslonza, Benicio en Quintanilla, Lucio en Vegamián, Felipe y Eliecer en Boñar... Ocho hijos que había que sacar adelante fuera como fuera; quitando horas al sueño; luchando a cualquier precio. Y Felipe y Adelaida lo consiguieron a fuerza de trabajar de sol a sol, sin menospreciar las horas nocturnas y la negra compañía de las nevadas pisándoles los talones, arrinconándoles un poco más, si cabe, entre las penurias de aquellos años tan difíciles. Al final, se impuso la razón; triunfó el amor. Pero antes, unos años antes...
Me interesa retroceder un poco en el tiempo y llevar a Felipe Robles Fernández hasta los mismísimos barracones de un ejercito en guerra, porque fue allí, en parte, donde esta historia comenzó a fraguarse; a tener un nombre: “Los Veleros”.
La mili... Aquellos que la sufrimos en nuestras propias carnes... Todos sabemos que, en tiempos de paz, la mili fue una fábrica de no hacer nada, de limpiar las armas con las que abatir al aburrimiento a base de insultos y de prolongar el tiempo de ocio hasta el hartazgo. La mili en tiempos de guerra… Al parecer, cuando el enemigo no se encuentra al alcance de las armas es más de lo mismo.
Partirua de 'MI BARCO VELERO' de Boixader, Montiel y LegazaEn aquel tiempo, Felipe luchaba –como todos– por ganar el pan con el sudor de su frente. Y por la tarde, cuando los soldados acababan de cumplir con todas las consignas ‘de ordeno y mando’ acudían a él: “Felipe, anímate. ¡Vamos, hombre…!”. Y entonces, lo sabía, tenía que amenizar el baile de aquellos soldados, en la plaza del pueblo. Y lo hacía con agrado, porque la música formaba parte de su vida. Y con una ilusión renovada, una vez más, rescataba su dulzaina de la sombra y del silencio para hacerla hablar, con tanta gracia que, al instante, todos, absolutamente todos, se rendían a su magia.
“Felipe: ¡toca Mi barco velero!”–le gritaban. Y Felipe complacía las peticiones de los guerreros, empeñados en llevarse, con aquel pasodoble, un poco de calor, un mucho de olor, un tímido toque de piel y... un beso robado de las mozas del pueblo. Y como todo funcionaba a las mil maravillas, volvían a la carga con demasiada frecuencia: “Vamos, Felipe, toca El barco velero”. “¡El barco velero!, Felipe”. “Felipe: toca El velero, por favor”. “Felipe: ¡El velero...!” Y Felipe, repitiendo aquella melodía miles de veces con su inseparable dulzaina, se quedó, para siempre, con el bonito apodo de “El velero”.
Pero Felipe, con su dulzaina, no sólo calentaba la carne de una soldadesca ociosa, sino que amenizaba las fiestas de todos los pueblos cercanos e incluso se atrevía a caminar y caminar para llegar hasta otros muchos pueblos de Asturias. En aquella primera etapa le acompañaban Telva o Toña, al bombo, y Vitalino, como responsable de los redobles del tambor.

“LOS VELEROS”

Con la sangre endulzada por los ritmos frenéticos de la música, bebiéndolos desde niños, estaba más que asegurado: los hijos de Felipe Robles Fernández serían músicos; bueno, todos ellos menos María Jesús.
Serían músicos, sí, pero músicos de verdad. De los que necesitaban un carné para actuar, exigido por los sindicados. Aquellos que tenían que pagar unos derechos (e ir pegando en la cartilla oficial los sellos que justificaban dicho pago). Y, por si fuera poco, estar limpios de pecados en todos los documentos oficiales y oficiosos, impuestos por las normas de la Iglesia y del Estado, si querían firmar los contratos profesionales exigidos. Y para conseguir tales logros comenzaron por el principio: por adquirir los conocimientos necesarios, estudiando.
En Boñar fueron alumnos de Isabelita, quien les enseñó solfeo y piano. Más tarde, tuvieron la oportunidad de que Bernardino, un importante músico de la época, en León, les impartiera sus clases magistrales.
Adquiridos los conocimientos oportunos, ¡ya eran músicos! y tenían un nombre: “Orquesta Robles-Los Veleros”, una herencia en vida de su padre. Pero la alegría duró muy poco: los instrumentos debían pedirlos a Barcelona y el coste de los mismos (entre 6.000 y 8.000 pesetas cada uno) rompía, una vez más, la economía familiar. La solución ya se conoce de antemano: trabajar y trabajar y, de descanso, trabajar y seguir trabajando.
Primero llegó el acordeón y con él Vitalino era un prodigio. Más tarde, Lucio, a la batería, redoblaba, con éxito, el inicio de una gran orquesta, al que seguiría la trompeta, a cargo de Benicio, y los saxos: saxo tenor, para Felipe (júnior) y saxo alto, para Eliecer. Los hermanos Robles, de esta forma, tenían, por fin, un largo camino que recorrer.
“El Salón de Agapito”, en Boñar, fue su primer escenario, al que seguiría, más tarde, la sala “El Viejo”, también en Boñar. En esta sala, de siete de la tarde a diez y media de la noche, y durante muchos años, actuaban todos los domingos –excepto los correspondientes a los meses de junio a septiembre–. La sala era un negocio familiar, en régimen de arrendamiento. Y allí trabajaba parte de la familia: de taquillero, de portero, en el guardarropas, en el ambigú y, por supuesto, ellos: los componentes de la orquesta “Robles-Los Veleros”.
“Es muy curioso –me dice Felipe (júnior)–, porque a pesar de que actuábamos todos los domingos, la gente no se cansaba de nosotros y volvía a nuestra sala el domingo siguiente, si cabe con más ganas de divertirse.”

la politica de la avestruz

"Los Veleros" (Lucio, Benicio, Vitalino y Felipe) con dos mozos de Voznuevo

Y a mí no me extraña, porque “Los Veleros”, junto a Cándido –“El Gaita”– y Lucio, y las hijas de ambos (conocidos como “la orquesta de La Losilla”) eran los reyes de la zona. Allí donde iban, triunfaban.

Triunfaban, sí. Esa es la palabra que hay que poner tras el nombre de “Los Veleros”. Y el triunfo les hacía recorrer toda la comarca e incluso les acercaba a determinados pueblos de Asturias y de Palencia. De fiesta en fiesta. “Comenzábamos por la fiesta de San Antonio en Vegamián (el 13 de junio) y no parábamos –me indica Felipe (júnior)– hasta finales del mes de septiembre”.
El ajetreo de acá para allá era continuo, hasta tal punto que, a veces, su familia, si quería verles, debía ir a la estación de Boñar (estación de ferrocarril de la vía estrecha) para saludarles, momento que aprovechaban para cambiar la ropa sucia por otra limpia. “No parábamos. Un día actuábamos en un pueblo de Cistierna y al otro, por ponerte un ejemplo, teníamos que ir hasta Campohermoso. Hubo un tiempo en que el tren era nuestro mejor aliado. No había otro medio de transporte” –me dice Felipe.

HABLANDO DE TRANSPORTE
Si  nos  remontamos  a  la  década  de  los  años  cincuenta  del  siglo  pasado,  tengo –obligado me veo– que escribir muy despacio. Y lo hago para que se comprenda mejor cómo, entonces, los desplazamientos se hacían con la velocidad que imponían los pedales de una bicicleta y el trotar pausado de una humilde caballería: burro o mula. Me explico: para llegar, por ejemplo, de Boñar hasta Valporquero de Rueda, “Los Veleros” tenían que llevar sus instrumentos hasta la estación de Boñar en varios burros. El tren los llevaría, más tarde, hasta la Ercina. Y desde allí, los encargados de transportar los instrumentos musicales hasta Valporquero de Rueda eran los mozos, que los llevaban encima de los porta-bultos de unas viejas bicicletas.
Algo parecido les ocurría si querían actuar en Valdorria (a 1.200 metros de altitud, en aquella época sin otra senda que la que marcaba el peregrinar de personas y de animales por la propia roca). Sólo con burros, desde Nocedo, pudieron acceder hasta el pueblo.

“LOS VELEROS”, UNOS INNOVADORES
Si le digo a Felipe (júnior) que, para mí, “Los Veleros” fueron unos revolucionarios, él me mira sorprendido. “¿Revolucionarios” –me pregunta, abriendo sus ojos con fuerza. “Claro, hombre –le respondo–. Revolucionarios en el buen sentido de la palabra. ¿Prefieres, tal vez,  que diga que fuisteis unos ‘innovadores’?” Y su silencio, realmente, le delata.
“Los Veleros” innovaron el sentido de la fiesta, la modernizaron: fueron de los primeros en llevar un equipo para amplificar el sonido de sus instrumentos (usaban unos altavoces de campana que aguantaban calores, polvo, heladas y tormentas); fueron de los primeros que se atrevieron a actuar con traje uniformado (para las verbenas: pantalón gris, camisa blanca, corbata roja y chaqueta azul, y para el baile vermouth: camisa granate y pantalón negro), y fueron los primeros de toda la comarca que hicieron que sus pasodobles, valses, tangos, cumbias, cha-cha-chás, mambos y rumbas cambiaran con los tiempos (recibían las partituras más recientes desde, incluso, más allá del charco). “Los Veleros” fueron unos innovadores, sí, pero no se olvidaban de incluir en su repertorio los éxitos de siempre (“La morena de mi copla” o “El gato montés”, por poner un ejemplo) y, con todo ello, fueron cosechando más y más fama, más y mayor prestigio. Llama la atención cómo, en toda su carrera, fueron capaces de interpretar un repertorio de más de quinientas melodías/canciones diferentes. Por cierto, el cantante y presentador era Benicio.

AIRES DE FIESTA
La fiesta fue para “Los Veleros” uno de sus principales medios de vida (es curioso, porque otro de los más importantes para todos ellos fue la pesca: pesca con caña y sin velero alguno con el que surcar las aguas). La fiesta en los pueblos, entonces, duraba tres días; tres días de duro trabajo para ellos: “normalmente –me dice Felipe (júnior)– comenzábamos la víspera con un pasacalles y continuábamos, después de la cena, con la primera verbena. El día grande acudíamos a la misa para interpretar el Himno Nacional en la consagración y, después, a la procesión. Seguía el baile vermú; continuábamos con el baile de la tarde (de siete a once de la noche) y, tras la cena, la segunda verbena, que duraba hasta las tres de la madrugada. El tercer día lo iniciábamos con la diana (recorrido por todo el pueblo), volvíamos a hacer un baile vermú y terminábamos con el baile de tarde. Como ves, nuestras actuaciones eran intensas”. Y añade: “como, entonces, no había más días de baile que los correspondientes a la fiesta del patrón, los jóvenes nos explotaban”. Y es obvio que Felipe se arrepiente de la última palabra, por lo que se apresura a aclarar: “bueno, entiéndeme, era una explotación consentida. Nos gustaba nuestro trabajo y nos agradaba ver a la gente tan feliz y contenta”.
–Dime, Felipe –le pregunto–: ¿alguna vez tuvisteis algún percance serio? ¿Sufristeis algún robo? ¿Presenciasteis alguna pelea? ¿Qué sucedía detrás de las parvas de las eras?
–Pues, aunque no lo creas, jamás tuvimos nada que lamentar. La gente de entonces era muy sana. Sabía divertirse sin meterse con nadie. Bueno, tal vez, presenciamos alguna pequeña bronca, pero sin importancia.
–Y detrás de las parvas, ¿qué?
Se ríe, antes de contestarme: “No lo sé. Nosotros no veíamos nada extraño. Es posible que... Entiéndelo. La juventud, te repito, era muy sana. Habría algo, no te lo voy a negar, pero no fuimos testigos de ello.
–Vamos, ¿que destruyes el mito del amor, escuchando a “Los Veleros” detrás de las parvas de las eras?
–Eran otros tiempos. Los bailes agarrados se hacían guardando las distancias. Si el hombre se acercaba demasiado, la mujer enseguida clavaba los codos y... (Felipe detiene la frase para volverse a reír; luego se queda pensativo). Nada que ver con el mundo actual –añade.
–Cuéntame, Felipe, ¿dónde comíais? ¿Dónde dormíais?
–Los mozos, al principio, nos llevaban a comer a sus casas. Uno de nosotros iba a una casa. El otro a otra y así. Para dormir nos hacían lo mismo. Con el tiempo, comíamos y dormíamos en la cantina.
–¿Os trataban bien?
–Como reyes, la verdad. La comida era excelente. Nos mimaban. Nos ofrecían sus mejores vinos, coñac, puros... Los mejores postres. No. No tenemos queja alguna de ningún pueblo.
–¿Es cierto que en Lugán fuisteis testigos de casi, casi, una desgracia?
–Así fue: el mozo encargado de los cohetes se despistó y, prendiendo la mecha de uno de ellos, comenzaron a arder los que llevaba bajo el brazo. Varias docenas. Al ver tanta explosión la gente salió corriendo como pudo por el campo. Ya ves. Ni un solo rasguño. ¡Un milagro!
Hablando y hablando, se nos ha pasado el tiempo. Se ha hecho de noche. Y, puesto que es el único de “Los Veleros” que sigue actuando, le pido, por último, que me deje ver su actual saxo. Y Felipe lo hace con exceso de humildad.
–¡Coño! –exclamo– un Henri Selmer.
–Lo compré en Paris –me dice ilusionado.
¿Paris…? Qué curioso, porque la orquesta “Los Veleros” terminaba sus actuaciones con la canción “Paris, te amo”. “¿Te acuerdas, Felipe?” Pero no le dejo responder: si miro el espejo de la vida de estos hombres, veo música en el viento. Y me pongo a escuchar: es tan bella la melodía que casi, casi sin esfuerzo alguno, vuelve a resucitar al niño que fui; al joven soñador. Y dentro de esa grata vivencia, para ser justo, tengo que añadir que he vuelto a reencontrarme, una vez más, con ellos: con los hermanos Robles; con “Los Veleros”.

© GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

articulos