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“J O S E L I L L O”,

natural de Nocedo de Curueño, en el 60 aniversario de su trágica muerte

 

Laurentino López Rodríguez, al que años más tarde se le conocería en el mundo taurino como “Joselillo”, nació en Nocedo de Curueño el día 12 de julio de 1922.
Diez años más tarde...
“Padre, me siento muy solo. Ojalá viniera a acompañarme alguno de mis hermanos, de los más creciditos. México es tierra generosa y aquí el que trabaja tiene porvenir. Pronto me independizaré, el trabajo abundará en la tienda y necesito quien me ayude. ¿Quién mejor que uno de mis hermanos?”.

Era José, el hermano de Laurentino, el que, por carta, se dirigía a su padre Victoriano. El primero establecido en la ciudad de Méjico desde el año 1924, y el segundo, como siempre, luchando por ganarse la vida en Nocedo de Curueño (León, España), a base eso sí de muchos sufrimientos: viudo, padre de once hijos y dueño de unas minúsculas tierras, de un aserradero, de una planta eléctrica y de algunas (pocas) cabezas de ganado.

Victoriano, durante muchos días, estuvo dando vueltas y vueltas a la petición de su hijo, hasta que, por fin, se decidió:

“Me parece muy bien lo que me pides –le contestó a José–. Dentro de unos días iré a Gijón para embarcar a tu hermano Laurentino. En cuanto lo veas lo reconocerás. Se te parece mucho. Ojalá yo mismo pudiera llevarlo, pero aquí estoy prisionero del trabajo. He encomendado a tu hermano a un vecino del pueblo que tú ya conoces: don Adolfo González. El barco en que harán el viaje es el “Cristóbal Colón”. Creo que la travesía será cosa de unos quince o dieciocho días. Estate pendiente de irlos a esperar a Veracruz, que ya sabrás cómo informarte de la llegada del barco. Creo inútil recomendarte que cuides de Laurentino. Es un chico muy listo, muy travieso, algo rebelde, pero de buena índole. Quiérele mucho, era el consentido de tu madre. Haz de él un hombre de provecho. Y, cuantas veces puedas, escríbeme para saber de los dos. Desde aquí rezaré para que Dios les ayude y los ampare”.
José apresuraba los días trabajando en su tienda de abarrotes (comestibles) de sol a sol con la esperanza de que, tras la noche, apareciera Laurentino, su hermano de sangre, para fundirse en un abrazo. Y así, un día y otro... hasta que su sueño se hizo realidad. No había duda. Laurentino, el niño rubio, delgado y extremadamente espigado que venía de la mano de don Adolfo era su hermano. Al verlo, se lo decía su corazón. Se lo dictaba el alma.
–Laurentino... ¡querido hermano! –le gritó, abriendo los brazos.
Y la emoción llenó de lágrimas los ojos de todos cuantos allí, en la tienda, fueron testigos de aquel íntimo y esperado reencuentro.

* * *  

–Mira, Tino, no creas que soy rico. Lo que tengo lo he ganado con muchos sacrificios y he de conservarlo, porque de eso viviremos y a ser posible ayudaré a nuestro padre. Tú no has venido aquí a holgar, sino a ganarte la vida. Por lo pronto no me ayudarás, porque irás al colegio para que acabes la primaria. Después, Dios dirá... Me gustaría que estudiaras una carrera.
Así fue como José puso fin a la holganza de su hermano en tierras de Méjico. Y así fue como lo inscribió en el colegio “Cervantes”, uno de los mejores centros educativos de la ciudad.
El niño se había adaptado a su nuevo mundo y las notas eran de lo más sobresalientes. Destacaba, también, como jugador de fútbol, su gran afición.
Cuando terminó la escuela, Laurentino decidió dejar los libros.

–Y ahora, ¿qué? ¿Trabajarás? –le preguntó su hermano.

–Trabajaré –le respondió.

–¿En qué? No sabes hacer nada.

–Trabajaré contigo. En tu tienda. ¿No querías que te ayudara?

–Está bien. Empezarás mañana. La tienda se abre a las siete.

* * *

Con el paso de los días, era más que evidente que Laurentino no había nacido para soportar la “esclavitud” de la tienda. Cuando no se alejaba “para recoger un pedido”, lo hacía para “entregar un encargo” o “para pagar un impuesto” o “para abonar el recibo de la luz”, o... El caso era marchar durante horas y horas, incluso durante días. Y al regresar las disculpas que traía consigo exasperaban la paciencia de José hasta el extremo de perder sus buenos modales. Hubo broncas y amenazas, hasta que, ambos, de hombre a hombre, decidieron que lo mejor sería que Laurentino trabajara en otra tienda distinta a la de su hermano. Y así fue. Pero no sería la última tienda en la que trabajó, porque desgraciadamente volvía a repetir sus largas ausencias que, como bien se puede comprender, no consentían sus jefes.

* * *

Cuando Laurentino trabajaba en la tienda “El Lucero”, entabló amistad con Armando Díaz, quien desde el primer momento le comenzó a llamar “Güero” (rubio). Ambos decidieron buscar un patrocinador y crear un equipo de fútbol. Lo consiguieron. Pero cada tarde de domingo, por una u otra razón, se veían envueltos en broncas que desembocaban en puñetazos para “resolver el honor” y la hombría.
Tampoco el fútbol parecía ser su futuro y... de la mano de otro buen amigo, Aurelio, probó la suerte de las vaquillas.
–El domingo vamos a torear.
–¿Cómo?
La primera experiencia taurina le costó a Laurentino quince pesos que abonó al caporal para que se divirtieran sus amigos. Él no participó hasta el tercer domingo, pero salió mal parado de aquella experiencia, con tanto revolcón, con la ropa rota...
–Suicidios no –le gritaba Aurelio, al verlo como se quedaba totalmente inmóvil para recibir la vaca.
–Se ha de vencer lo difícil, ¿no? Pues por eso me quedo quieto, a ver si la engaño. Tal vez si llego a darle más, “traga” y pasa.
–Yo sólo sé decirte que eso no se puede hacer. Como se te ocurra hacérselo a un toro, no vives para contarlo.
–Algún día te probaré que no es imposible lo que pienso.
–Allá tú...

* * *

Un buen día, Laurentino decidió ir con Aurelio a Guadalajara, y de nuevo abandonó su último trabajo para disgusto de su hermano.
–Mira, no se vive dos veces. No se por qué, pero se me figura que no llego a viejo. Y quiero aprovechar ahora y verlo y gozarlo todo. Yo estaría feliz en una isla desierta, viviendo como Tarzán, de cocos y... del aire. Ahí no habría ni tiendas, ni trabajo, ni compromisos. ¡Qué vida!
–Pues no te entiendo. ¿No dices que quieres ser torero?
–Si, pero es un sueño que a veces me parece imposible. Empieza porque todos advierten: “eso no se hace”, “así no se puede torear”. Y me da mucho coraje. Además se necesita dinero para abrirse paso. No todo es torear y arrimarse.
–Pues en vez de gastar el dinero en paseos podrías ahorrar...

* * *

Dinero. Eso era. Y para conseguirlo, después de ir a Guadalajara, decidió ir en busca de fortuna a Estados Unidos.
–Te escribiré al llegar a la frontera –le dijo Laurentino a su hermano–. Después, si no recibes noticias mías en tres meses es que algo malo me pasó. Entonces recoges mis cosas y se las mandas a padre.

 

* * *

Laurentino, con otra identidad distinta, y su buen amigo cruzaron el río a bordo de una lancha. De pronto, en la noche, se oyó un estampido que perforó sus oídos. Eran disparos de los guardias de frontera. Resultado: dos meses en presidio por “espía” y vuelta de regreso a México sin un solo dólar.

En el mes de noviembre de 1944, Aurelio se llevó a Laurentino a torear a Tepeji del Río. Esa fue la primera corrida más o menos formal. Pero ¿y el nombre que habría de figurar en los carteles?
–Laurentino no suena a nombre de torero. Es muy largo. Me pondré el nombre de mi hermano. En el toreo ha habido muchos José muy grandes.
Hecho: en los carteles y programas de mano, bajo los nombres de los matadores, en letras pequeñas figuraba también “y el sobresaliente José López”.
José López, el flamante y larguirucho torero, permanecía inmóvil en el burladero, cuando los espectadores comenzaron a meterse con él:
–¡Qué salga la “nena”! ¡Afuera ese güero miedoso!
No era miedo al toro, no. Que lo que creía Laurentino era esperar el momento oportuno. Eso era. Había que tragar saliva y salir cuando... Ahora: sin prisas, sin arrebatos –escribió Esperanza Arellano para el periódico “Esto”–, dueño de sí. Se plantó en el tercio como una vertical, y cuando el toro embistió, desmayó los brazos con unas gaoneras de intenso sabor dramático e imperfecta factura. La placita pareció desplomarse bajó la ovación trepidante. Aquella gente sencilla no analizó. Se desató en aplausos sólo porque el instinto le decía que aquello había sido muy “particular”, pero muy grande.

Aquel mismo mes, Laurentino –a partir de entonces Josesillo– decidió lanzarse de lleno a la conquista de los ruedos. Y lo hizo ayudado por José Jiménez Latapí, el apoderado de su amigo, Antonio Márquez. Su primera corrida fue en la ciudad de Veracruz, a la que acudieron dentro de la bodega de un barco que transportaba un cargamento de cebollas.

* * *

Así se respiraba el ambiente preliminar, reflejado en uno de los periódicos de la época:
La placita “Rodolfo Gaona” lucía en sus atalayas banderines de papel de china de colores chillantes. Una charanga escandalizaba en los aledaños de pequeño coso para atraer a la parroquia. No faltaba el altoparlante que pregonaba:.
–¡Pase usted a ver en los corrales los arrogantes y bravísimos toros que matarán los afamados diestros Antonio Márquez y Aurelio García, triunfadores del “Toreo” de México! ¡Conozcan ustedes al joven y valiente novillero José Rodríguez, “Joselillo”, el primer torero español que torea en México después del boicot!
La realidad fue que, para Josellillo, aquella primera experiencia la pasó sin pena ni gloria.


* * *

Como matador, Joselillo alternó en su primera corrida con Roberto Vázquez y Javier Mejía. Los toros eran de La Concepción. Dicen que... escrito está que Joselillo estuvo torpe con su primer toro pero muy valiente. Y sus ganas de agradar conquistaron la simpatía de los espectadores que acudieron en masa a ver al joven torero español.
Joselillo cayó de hinojos y con un valor de espanto, aguantó al toro en tres, cuatro muletazos que fueron uno solo por su ligazón fantástica, por su aguante heróico...
Joselillo acorraló al toro y aprovechando un momento en que se quedó quieto, se lanzó sobre él como un rayo, impulsando el estoque con el corazón, cambiando vida por vida. La estocada resultó defectuosa, pero de efectos rápidos.

Bajo una ovación cerrada y un diluvio de dianas le concedieron la oreja, ¡la primera oreja!
Joselillo recibió la primera oreja y también los primeros golpes “serios” en su cuerpo.
–Se te está poniendo la pierna como un melón –le dijo su compañero–. Vas a necesitar mucho reposo.

Pero Joselillo, sacando fuerzas de la flaqueza, volvía a los ruedos y volvía a triunfar con su estilo personalísimo.

–Tienes que largar los brazos, echarte el toro afuera. Ese codilleo te va a ocasionar un disgusto –le indicaba el apoderado “Pilón”, con quien toreo once novilladas seguidas.
Mas Joselillo insistía en defender su estilo:

–Yo observo mucho a los toros y me doy cuenta de que tienen un instinto maravillo. Toreando he visto cómo, doblándolos, el mismo quebranto –a excepción de los muy bravos– los desconfía, los acobarda o los hace reservones. En cambio, aguantándolos, pasan. Casi todos pasan, y el manso acaba por encelarse, y el bronco va mejorando su embestida. Hasta el resabiado acaba por olvidar las malas mañas.
Con el tiempo su estilo se imponía en los ruedos, que se llenaban de espectadores deseosos de verlo.
“Joselillo, estilo único –figuraba en un folleto promocional–. Personalidad arrolladora. Nadie ha toreado ni torea como él. Es un caso. Será figurísima del toreo por propio derecho, por una aportación propia a la fiesta de los toros”.
Joselillo iba alcanzado fama y dinero, al mismo tiempo que enemigos y envidias.
Un grupo de gente, en los ruedos, le gritaban “miedoso” y otros insultos más graves, al tiempo que hacían tocar unos cencerros.
Joselillo sufría con su popularidad.

–He vivido tres meses de pesadilla –se sinceraba con su amiga Verónica, una periodista taurina. Pareceré un ingrato, pero eso han sido para mí estos tres últimos meses. Cuando era un “nadie” soñaba con el triunfo, pero nunca creí que fuera aparejado a tanta inquietud, a tanta zozobra, a tan grandes responsabilidades. De la noche a la mañana me encontré en un mundo distinto al que vivía y me sentí confuso, desorientado. Desconocía el ambiente, a los personajes del medio: nunca había toreado en una plaza de categoría. El contraste de la placita “Rodolfo Gaona”, de Álvaro Obregón, o la de Puente de Vigas, con aquella plaza inmensa que parecía desplomarse sobre mi, me produjo una sensación de aplanamiento. Sin embargo me sobrepuse a la impresión y logré triunfar. Ahora bien, me preocupa la afición. Me inquieta que algunos sectores que antes aplaudían a rabiar hoy me silben sin compasión. Y eso quiere decir: o que yo voy a menos, o que me exigen demasiado. Déme una opinión.

–Pues le diré –le replicaba la periodista– que, hoy como ayer, y como siempre, las multitudes son veleidosas y encuentran placer en destruir lo que construyeron. Para mí, que a usted le exigen demasiado.
Los insultos de un público envidioso y cruel, acompañados con los silbidos y los cencerros, martirizaban a Joselillo.

–El sonido de los cencerros, allá abajo, en el ruedo, me dan la impresión de que son los sonidos de una campana que toca a muerto –decía.  

* * *

La primera cornada grave que sufrió Joselillo fue en Guadalajara. El toro causante de la misma correspondía a la ganadería de Jorge Medina. La cornada, al entrar a matar, le dañó la parte posterior del muslo derecho. La cuadrilla insistía en llevar a Joselillo a la enfermería, pero él se negaba a ausentarse. Consciente de su responsabilidad, accedió a que le realizaran un taponamiento para poder continuar con la faena. No quería defraudar al respetable. Así, chorreando sangre a lo largo de la pierna, Joselillo realizó dos faenas de muleta plenas de emotividad y dramatismo. A punto de estoquear su último toro, sufrió una nueva cogida que le provocó conmoción cerebral y un nuevo desgarro, en aquella ocasión, en su pierna izquierda. Tuvieron que operarle.

 

* * *

El 28 de septiembre de 1947 se celebró en Méjico una novillada en la que Joselillo actuaba junto a los diestros mejicanos Pepe Luis Vázquez y Fernándo López. Estando muleteando su segundo toro, sonó de los tendidos una voz:

–¡Joselillo! ¿Cuándo te retiras?
Joselillo la escuchó perfectamente. Pasó la mano izquierda por detrás de la cintura para iniciar una manoletina y... ocurrió. Aquel toraco, de 478 kilogramos, le empitonó por la ingle derecha. De inmediato lo llevaron a la enfermería, siendo intervenido de urgencia por los doctores Rojo de la Vega y Javier Ibarra, quienes dictaron el siguiente parte facultativo:
“Herida por asta de toro con agujero de entrada de seis centímetros en el triángulo Scarpa del lado derecho, con dos trayectorias: una hacia arriba, que interesa la piel, tejido celular, aponeurosis y músculos y llega hasta la fosa ilíaca externa derecha, de quince centímetros de profundidad, y otra hacia atrás, de diez centímetros, que interesa los planos, la arteria femoral, que se encuentra dividida totalmente, y varios vasos arteriales y venosos. Hay gran hematoma, que infiltra todas las regiones señaladas. Estado anemia aguda y shock traumático por hemorragia externa. Esta lesión pone en peligro la vida y la nutrición de la pierna y pie derechos. En caso de sanar, tardará treinta días”.
El día 14 de octubre, cuando el peligro parecía haber pasado, Joselillo se ahogaba.

–¡Quítenme las vendas! –clamaba–. Me duele el estómago... Y la espalda.
El doctor Arce trató de salvarle aplicándole una respiración artificial. Aun así, Joselillo sólo acertó a decir tres palabras, las últimas: “¡No puedo más!”.

* * *

El doctor Ibarra firmó su defunción de la siguiente forma: “De las venas colaterales se desprendió un trombo, nombre científico de coágulo sanguíneo; llegó al corazón, y este órgano lo expulsó hacia la arteria pulmonar. Como los trombos que presentan un tamaño aproximado del 50 por 100 del diámetro de la arteria producen asfixia y la paralización del corazón, el causante de la muerte debía de ser de estas proporciones. La embolia no pudo ser vencida”.
El cadáver de Joselillo recibió cristiana sepultura en el Panteón Español de Méjico el día 15 de octubre de 1947.

* * *

Joselillo, español de Nocedo de Curueño, figura del toreo en Méjico, tenía veinticinco años cuando su vida quedó truncada. Sus esperanzas de torear en España, incluso de inaugurar la plaza de toros de León, al lado de Manolete (muerto en similares circunstancia el 29 de agosto de aquel mismo año –1947–) fue sólo un sueño que se llevó con él a la tumba. Sin embargo, hoy, después de sesenta años de aquel trágico final, su vida se mantiene viva. Por algo será. Torero valiente. ¡Torero!

 

 

© GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

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