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“HITO DE LA MEMORIA”

UNA ESCULTURA DE AMANCIO GONZÁLEZ

Amancio González y yo partimos de la nada, aunque con una ligera diferencia… de peso: él se enfrentaba a un pedrusco de diez toneladas, mientras que mi folio en blanco apenas alcanzaba los tres gramos.

Lo teníamos pactado: en cuanto él se decidiera a hincar el diente a tan monumental hueso, llegaría también mi hora de iniciar este trabajo. Y así lo hicimos.
Yo entré en su estudio al atardecer. Y, como es fácilmente comprensible, mi primera palabra, al ver aquella monstruosidad de piedra, fue “¡coño!”. Y añadí: “no me la imaginaba tan grande”.
Con la primera fotografía de  Amancio, subido en el andamio, logré captar, mínimamente, las proporciones que habría de tener su escultura. Él, enseguida, me explicó que la piedra procedía de Calatorao, en Zaragoza, y que su peso superaba las diez toneladas.
     “Aunque la piedra la veas roja –me dijo–, en realidad es mármol negro. Con el acabado irás percibiendo las distintas tonalidades”.  

Increíble. Y le dejé hacer mientras mi cámara fotográfica iba recogiendo los primeros pasos de aquella obra: primero con una herramienta eléctrica, más tarde con la herramienta tradicional (el mazo y el cincel).
De pronto, apareció un corderillo que se interpuso en mi camino. Amancio, minutos más tarde, me explicó su procedencia: “lo traje del monte. Estaba abandonado y tenía, todavía, la placenta. Supuse que era una señal del más allá. Alguien, sin duda, me lo enviaba. ¿Sabes? Mi abuelo fue pastor. Y yo recuerdo muy bien su profesión. Nunca debemos olvidar nuestras raíces. Y yo, de ellas, me siento orgulloso. Al cordero lo he logrado mantener. Hoy es mi mascota. Demasiado juguetón y demasiado diablillo. No respeta nada, ni siquiera los brotes tiernos de mis pequeñas plantaciones de negrillos”.
Y Amancio se dejó fotografiar con su mascota blanca tal y como estaba en aquel momento, después de varias horas de trabajo: lleno de polvo en su ropa, y de sudor y de polvo, también, en su rostro. Un rostro demacrado por el calor de las gafas y de la máscara. El artista, así, de pronto, se convirtió delante de mí en el hombre que siempre fue. Sonriente. Deseoso de contarme, en tierra, su proyecto.
“Pensaba realizar una obra que se fundiera con el paisaje donde se va a ubicar. Pero desistí. Lo que haré será un alegato contra la guerra y, por supuesto, más allá de las opiniones políticas. En mi obra quedará mejor reflejado el sentir de la memoria que el olvido de las atrocidades de una guerra. Mira…”.
Y me acercó de nuevo a su pedrusco: “¿Ves? Ya tengo marcadas unas líneas básicas (unos trazos en tiza). En realidad haré un hombre maniatado frente a un muro a punto de ser… Ya me entiendes, a punto de ser fusilado. El asesino se enfrentará a su propio error y tendrá que llevar de por vida el peso de su conciencia. Un peso que aquí lo representaré con las figuras de unas calaveras con un tiro en la frente”.
A Amancio, a pesar del desgaste de todo el día, se le veía ilusionado. Tanto, que yo me fui y él, incansable, continuó con su trabajo. 

La última fotografía del día fue de lo más significativa: el sol, a punto de esconderse tras las montañas, marcaba la silueta del artista luchando por dar vida a una piedra… ¿muerta? Antes  de  arrancar el coche, le volví a mirar subido en el andamio: hombre y roca se fundían en un solo empeño, teniendo el cielo como único testigo. Cuando llegué a las primeras casas de Lorenzana volví a detener el coche. Fue un golpe de curiosidad. Me bajé y miré, de nuevo, hacia el estudio del artista. El polvo que salía de aquel patio, el polvo de una piedra de mármol negro, era humo a mis ojos. El humo que delataba la presencia de un ser vivo, empeñado en cocinar sus sueños a golpe de sudor y de esfuerzo.
“¡Qué gran artista y mejor persona dejo a mi espalda!” –pensé.
Cuando llegué al portal de mi casa, la noche se había encerrado en su mutismo y oscuridad para salir a la calle.

Días después, volví al estudio de Amancio y vi mucho polvo. Un polvo que se había hecho el dueño de toda la finca, tejados y árboles incluidos. Parecía aquél un paisaje nevado o, tal vez, salpicado por una niebla fría. Sin embargo, la realidad era otra: aquel polvo delataba el avance de su obra.

 

  Un avance que no llegó a verse efectivo hasta después de un mes. Entonces sí. Los muñones de roca y los vacíos, conseguidos con mucho esfuerzo y pericia, tenían otros perfiles, por lo que ya se intuían claramente las calaveras (arriba), la espalda del “fusilado”, su cabeza, sus manos y piernas (frente al paredón).
–Lo fácil ya está hecho –me dijo Amancio.
–¿Cómo? –le pregunté ingenuamente.
–Sí. Lo fácil ya está hecho. Lo difícil está por hacer. Tengo que realizar los detalles de las calaveras, el cabello, los dedos de las manos y de los pies…
Fácil. Difícil. Dos palabras contrapuestas que para mí, observando la obra de Amancio, se funden en dos: extraordinario trabajo.
Y llegado a este punto, me gustaría escoger las palabras adecuadas para que tú, amigo lector, puedas percibir mínimamente el esfuerzo del escultor por llevar a buen puerto su obra. Imagínate, por un momento, frente a un pedrusco de casi cuatro metros de altura por más de un metro de ancho y otro de profundidad. Piensa que, de una sola pieza, tienes que realizar una figura, la que sea. Imagínate primero viéndola en el interior de aquella masa y, después, los arañazos que has de dar para hacerla brotar, guardando las proporciones (bastante más grandes que la realidad), sin romper la armonía y, por supuesto, sin quebrar la roca. Los dedos de los pies y de las manos han de ser diez en cada cual, y no nueve u ocho. Quiero decir que hay que ser muy fino con los golpes del martillo y del cincel para no fracturar la idea y fracasar en el intento. La piedra no admite errores. No perdona. Si te equivocas, lo pagas. Y lo pagas muy caro. Tanto que de la construcción a la destrucción solo existe una barrera de humo. Nada. Una nada absoluta que se transforma del “todo” en un montón de cenizas en una décima de segundo. Justo el tiempo en que se tarda en dar un martillazo inadecuado en el lugar que no debes. Por eso, viendo cómo los daba Amancio, viendo su pericia en buscar las cosquillas a la roca, observando su seguridad y tesón, siendo testigo privilegiado de las horas que empleó (tres meses, con más de ocho horas de trabajo diarias), puedo anunciar, sin temor a equivocarme, que la piedra, cualquier piedra, es un ser vivo que late belleza. Lo malo es que para que consiga emocionarte necesita la intervención de su dios creador. Amancio lo fue con su “Hito de la memoria”. Yo fui testigo de ello. Por eso hoy quiero propagarlo a los cuatro vientos: del corazón de un pedrusco surgió un hombre con los pies en la tierra. Te atreverías… ¿Serías capaz de convertirlo en polvo disparándole un tiro a la espalda? ¿Serías capaz de dejarlo tirado en la cuneta, un segundo más tarde? Por Dios…, hasta la sangre de las piedras riega vida y sentimientos.

La obra “Hito a la memoria”, de Amancio González, fue pulida para sacarle el color del mármol y darle brillo: brillo negro en el muro de la muerte y brillo blanco (conseguido con otra intensidad distinta y otro grano en la lija) para dejar inmaculada la piel que cubre la carne y los huesos de un hombre. Carne y huesos de un hombre y tres calaveras, en cuyo interior todavía permanecen el calor y la razón del cerebro más racional y humano. El recuerdo…
La obra “Hito de la memoria” “se compensa” –me indica su autor– con un cubo metálico, detrás del muro. Un cubo oxidado por la fuerza del paso del tiempo. Un cubo que representa a la familia del ejecutado, con su soledad, el miedo, la amargura, la impotencia… ¿Detrás del muro nada? ¿Nada? ¿Solo el óxido y el olvido?

 

INAUGURACIÓN
La obra “Hito de la memoria”, de Amancio González, fue inaugurada el 19 de julio de 2008. Al lugar de su emplazamiento (carretera León-Caboalles, justo en el cruce de las carreteras de Benllera y Carrocera, a dos kilómetros de La Magdalena) acudieron muchos escritores, periodistas, artistas y diversas autoridades (no todas, y lo siento de corazón porque hubiera sido un momento extraordinario para hacer válidas sus “verdades” pregonadas desde los púlpitos y las tribunas). A la inauguración acudieron, sobre todo, familiares de los que cayeron por la acción injusta de una guerra incívica y absurda como todas. Todas.

 

A la inauguración de “Hito de la memoria” acudieron hijos, hermanos, tíos, nietos y biznietos de aquellos que fueron obligados a despojarse de su piel de hombres para silenciar la voz de sus palabras y el gesto humanitario de sus acciones. Allí estaban familiares de maestros, de labradores, de médicos, de farmacéuticos, de carpinteros, o de… que cumplían una misión en la vida: vivir.
En la inauguración de esta escultura vi más de una lágrima y sentí, en silencio, el dolor ajeno.
“Ha de llover.
Ha de llover hasta que se levanten los maíces sagrados y sea posible la celebración de la muerte.
Ha de llover.
¿Por qué no ha de llover en la luz
y en la memoria ensangrentada?
Ha de llover. Tiene que llover sin olvido hasta que aúllen las alondras y,
bajo las catenarias, en Vega de Magaz, los ferroviarios se desnuden
y detengan la máquina que llora”.
Dejó escrito Antonio Gamoneda para el citado homenaje (inicio del poema que se incluye en una placa de hierro, cercana a la escultura de Amancio).

Ha de llover. Sí. Pero que no sean lágrimas, porque con las derramadas, entonces, ya hay suficiente barro sobre los caminos y las cunetas.

1 DE SEPTIEMBRE DE 2008
Sin periodistas, sin gente a nuestro alrededor; sólo el paisaje, sólo, y las nubes. Amancio González y yo acudimos al lugar donde se encuentra la escultura “Hito de la memoria”. De esa forma el autor volvió a reencontrarse con el fruto de su trabajo. Le dejé hacer. Guardé silencio. Y él, entonces, miró su obra. Dio vueltas alrededor de ella. Se alejó. Se acercó y… la tocó. Momento que aproveché para hacer una nueva fotografía.
–¡Amancio! –le llamé

Y Amancio giró sobre sí mismo y me miró. La fotografía es perfecta porque sus dedos (de artista) tocaron precisamente el cubo oxidado, donde anida el silencio y sus ecos.

RECREACIÓN LITERARIA
“A CONCIENCIA”

Si eres tan valiente como dices, mírame a los ojos, y dispara, después, sobre mi cuerpo desnudo. ¡Mírame! Mírame y siente el aleteo de mi corazón en mi pecho… desnudo. Dispara. Dispara tu odio sobre mí, pero deja que sigan en libertad mi pueblo y mi sangre.

Dispara. Dispara tu veneno en mi piel, pero ni se te ocurra anular el calor de mis dedos y las vibraciones de mis cuerdas vocales. Déjalos que, con el tiempo, sean ellos los que escriban las memorias y reciten las lecciones y los poemas de mis sabios maestros. Si quieres –porque te gusta y lo sé–, me pongo de rodillas para suplicarte que me dejes las manos libres, siempre, y no selles, nunca, mis labios con tus muchos errores. Te lo ruego, déjamelos así, vacíos, completamente desnudos, y…, después, si quieres, dispara sobre mí tu furia y tu venganza.
Dispara.
¿Cómo? ¿Que no te atreves? ¿Quieres que me dé la vuelta? ¿Que mi cuerpo te dé la espalda? ¿Te reirás de mí, viendo mi cuerpo desnudo, sin reconocer que el tuyo desnudo está? ¿Quién eres? O mejor, ¿quién te crees que eres? ¿Te crees Dios repartiendo justicia a través del frío metal y con el beso explosivo de unos granos de pólvora? Dime: si te doy la espalda, ¿dispararás, entonces, hombre valiente?
Ay… Hombre que naciste desnudo, como yo, y que desnudo, como yo, viajarás por la tierra y otros valles más efímeros, mira por encima de ti. Bucea en el interior más alto: si disparas al aire tus muchos deslices, ¿con qué te encontrarás? ¿Eh?
No lo dudes, pistolero… valiente, porque si a la vida disparas, hallarás la muerte a tus pies y sobre tu propia conciencia. Mira de frente. ¡Mírate en el espejo! ¿Qué ves? ¿No es la muerte la que a ti también te espera? Muerte. Muerte después de la vida. ¿Por qué has de manchar la propia con sangre ajena? ¿Por qué has de soportar el peso de tu conciencia agujereada por el paso de una bala o de miles de palabras, o traiciones, o venganzas asesinas? ¿Por qué?
Tu vida, mi vida, la vida de los demás, ¿a quién corresponde sino a cada cual la suya? ¿No es así? ¿No estás de acuerdo conmigo? Si no lo estás, a tus ojos me desnudo; te doy la espalda, ato a ella mis manos, y me dispongo a morir… como un mártir. Dispara.

© TEXTO Y FOTOGRAFÍAS: GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑON


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