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LOS EXTRAÑOS VISITANTES

“¿Es usted un escéptico acerca de la existencia de los OVNIS? Peor para usted, porque cada una de las páginas de este libro está avalada por pruebas firmemente comprobadas. Los autores –Charles Berlitz y William L. Moore– se convierten en detectives de lo increíble, en pos de la averiguación de un hecho que el gobierno de los Estados Unidos intentó –y continúa intentando– mantener en el más absoluto top secret (alto secreto), y que incluso provocó la intervención personal del presidente Eisenhower: un OVNI ha aterrizado en una base militar americana, ¡con uno de sus ocupantes vivos!”

He querido iniciar este artículo transcribiendo las primeras frases de la sobrecubierta que envuelve el libro “El incidente” (editado por Mundo Actual de Ediciones, S.A. en el año 1982) para que los lectores se hagan a la idea de que este artículo no es, precisamente, una broma sobre otro “incidente” que, esta vez, nos tocó muy de cerca: en el año 1978, y  durante al menos dos días –que se sepa–, un grupo de OVNIS sobrevoló “Camparredonda”, en OTERO DE CURUEÑO. ¿Sorprendidos? Puede que así sea; sin embargo, antes de entrar de lleno en el desarrollo de esta noticia, creo necesario hacer un poco de historia sobre el fenómeno OVNI.
Parto de la base de que dicho fenómeno no es nada nuevo. Desde que los sucesos más cotidianos comenzaron a reflejarse o a difundirse (a través de los dibujos rupestres, jeroglíficos o, más recientemente, con la ayuda de la escritura y de la fotografía), el hombre dejó a su paso importantes muestras de la existencia de otros “seres” para pensar que, efectivamente, no nos encontramos solos en este amplio universo: los antiguos egipcios dijeron haber visto círculos de fuego que llegaron a amenazar, incluso, a su faraón; los griegos divisaron en sus cielos espléndidos caballos voladores, los persas alfombras mágicas y los asirios decían haber visto toros que embestían con una furia inusitada las nubes que sobrevolaban por encima de sus cabezas. Todos conocemos alguna biografía, de épocas más cercanas, donde una luna de colores o una estela luminosa, en forma de cruz, convirtió al cristianismo a personajes totalmente agnósticos, como le ocurrió, por ejemplo, al emperador Constantino. Estas supuestas visiones mágicas, algunas de ellas totalmente documentadas, no pueden ser fruto de una lucidez mental extraordinaria ni, por el contrario, de una histeria colectiva; la explicación, de buscarla, habría que hacerlo dentro de los límites que encierra, precisamente, el fenómeno OVNI.

 

Esta pintura, encontrada en Tassili n’Ajjer (Argelia), es conocida por el “Dios marciano” y tiene entre 8.000 y 10.000 años.

Pinturas como la expuesta encima de estas líneas nos hace meditar sobre la existencia de esas “otras criaturas” a las que me refiero. Su autor tuvo que ver necesariamente un personaje similar o, por el contrario, su estilo pictórico se adelantó en varios milenios; hipótesis descartada, salvo que fuera un excéntrico superdotado: las pinturas rupestres a lo largo de la historia –como bien se sabe–, reproducen escenas cotidianas (especialmente animales o cacerías). ¿Qué objetivo perseguía, por lo tanto, este hombre prehistórico al salirse de los cánones establecidos? Ejemplos como el anterior los tenemos por docenas, algunos más próximos a nuestra época que resultan, cuanto menos, espectaculares. Éste es el caso del cuadro que representa la Virgen con el Niño Jesús y San Juan, realizado por el monje Filippo Lippi (1406-1469). Un cuadro que se puede admirar en el palacio antiguo de Florencia y donde, en su cuadrante derecho superior, nos encontramos con una nave espacial (¿nave espacial en el siglo XV?) que, al emitir una luz fulgurante, obliga a un lugareño a cubrirse los ojos. ¿Qué motivos tendría el hombre primitivo y, sobre todo, fray Filippo Lippi –me vuelvo a preguntar– para incluir en sus obras tan extraño personaje y objeto? ¿No sería que, tanto el uno como el otro, fueron testigos de una vivencia sobre ovnis, limitándose a reproducirla fielmente?


 

Obra de referencia, realizada por Filippo Lippi en el siglo XV

LOS OVNIS, ESAS NAVES
En la amplia bibliografía por mí consultada, todos los OVNIS vistos e incluso fotografiados se podrían clasificar en dos grupos: las naves con apariencia metálica, pero muy distintas a cualquier otra convencional de nuestro planeta, y los luminosos. En el primer caso, la prueba que más me impactó fue, precisamente, la que se describe en el libro que ya he citado, “El incidente” (narra la historia de una nave espacial que se estrelló en Nuevo México en los últimos días de julio de 1947). Un testigo presencial narraba lo que allí había visto de la siguiente forma: “se trataba de toda clase de restos: pequeñas varillas con cierto tipo de jeroglíficos que nadie pudo descifrar. Parecían hechas de algo parecido a la madera de balsa, y tenían el mismo peso, excepto que, en realidad, no se trataba de madera. Eran muy duras, aunque flexibles, y no ardieron. También había una gran cantidad de una sustancia rara parecida al pergamino, de color pardo y extremadamente sólida, y una gran cantidad de pequeñas piezas de un metal parecido a papel de estaño, pero que no era papel de estaño”.


 

Los OVNIS luminosos son muy corrientes, y ¿quizá lo son porque se dejan ver por la noche? Dentro de este grupo los podríamos subdividir en dos más: aquellos que sobrevuelan  en  solitario o  los que lo hacen
agrupados y en formación (figuras 1 a 4).
Cabría, por último, destacar otro grupo de OVNIS que, por su condición, nos hace dudar en grado superlativo sobre lo que son y lo que pretenden; me estoy refiriendo a los OVNIS invisibles. Sí, esos OVNIS, con una energía totalmente desconocida (¿?), que no es capaz de detectar el ojo humano, pero que, sin embargo, quedan registrados en infinidad de fotografías (el fotógrafo no los ve, pero se cuelan en sus fotos como si pretendieran ser los únicos protagonistas). Una muestra de cuanto digo se puede encontrar en el libro “Mis ovnis favoritos”, de J. J. Benítez, al que más tarde volveré a hacer referencia.

OVNIS EN OTERO DE CURUEÑO
El recorte de un periódico local del año 1998 fue suficiente para que encontrara la noticia que venía buscando desde hacía tiempo: “OVNIS EN LA VECILLA”. Una noticia que, como esperaba, tenía una relación muy directa con nuestro pueblo. Así fue. En cualquier caso estoy hablando del mes de agosto de 1978.

 

“Desde un punto situado entre La Mata de la Riba y Otero –localidades cercanas a Boñar–, una joven pareja observó hace unos días unas extrañas luces en varios tamaños y colores que se movían en distintas direcciones, permaneciendo otras fijas”.

La noticia pasó desapercibida para los habitantes de este pueblo, ocupados, como estaban, en las tareas propias de la siega de los cereales y de la trilla. Ahora quiero volver a ella para darle el protagonismo que se merece. En primer lugar he de decir que me puse en contacto con una testigo ocular excelente, cuyo respeto y simpatía me cautivó desde el primer momento. Me estoy refiriendo a doña Magdalena Pozueco que, aunque no fue ella la descubridora de “aquellos raros objetos ” los llegó a ver, como tantos otros, según cuentan las crónicas, de forma inmediata (el mismo día, media hora más tarde).
Me dice doña Magdalena que quien vio aquellas extrañas luces, en primer lugar, fue una pareja que regresaba desde Boñar a La Vecilla (eludo sus nombres para que su identidad permanezca en el anonimato, por una sencilla razón: la mayoría de la gente, tal vez por su incredulidad, tal vez por su ignorancia, tiende a reírse y menospreciar situaciones como la presente). En cualquier caso, doña Magdalena me contó su experiencia de la siguiente forma:
“Ay, qué miedo pasé –fueron las primeras palabras de uno de los descubridores–, porque delante de mi coche pasó como una cosa fugaz, como..., no sé, una luz roja...”.
–Y ¿dónde la viste? –le pregunto.
–En la cuesta de Otero –me responde–. Y entonces, de forma casi inmediata, nos fuimos a Otero.
“Lo que yo vi en Otero –me explica doña Magdalena– fue que, por encima del monte, había como cinco o seis focos grandes que se unían, que salían, se quitaban... Y eso me “chocó” porque oye... Era...,  como una luna grande y luego se abría y aparecían cinco distintas”.
Doña Magdalena, sin querer, me estaba explicando lo que ya conocía por otros testimonios escritos en los libros que consulté: una luna grande (nave nodriza) –ver figura 1– que se descomponía en otras cinco o seis lunas más pequeñas –figura 2– y que más tarde se volvían a agrupar –figura 3–.
“Pasé miedo, la verdad –me cuenta doña Magdalena–, y entonces les dije a mis acompañantes: vámonos para casa”.

Al pedir a doña Magdalena que me indicara exactamente el lugar del avistamiento, ya no cabe duda: los ovnis estaban en tierras de Otero y más, en concreto, encima de nuestra Camparredonda. “Era en La Collada de Otero, en el monte, por encima del monte, es decir, no en el monte que pensaras ‘pues allí hay gente que enciende algo’..., no, no, era por encima del monte”. ¿A la izquierda, con dirección a Ranedo, o a la derecha, hacia el Cardadal de Llamera? –le pregunto. “No, no –me responde–, para Ranedo no, para el otro lado, por encima del pinar”.

En la entrevista que Martínez Carrión realizó a los primeros testigos para el “Diario de León” me encuentro con frases como éstas: “si les hacíamos cambios de luces con el coche, aquellas luces cobraban más intensidad de rojo y se encendían otras blancas. Si las cambiábamos a las cortas, la intensidad de sus luces disminuía y las blancas  se  apagaban”. “Cuando aquellas luces empezaron a moverse y, sobre todo, cuando de unaluz más intensa empezaron a salir otras pequeñitas que, en formación, se dirigían hacia nosotros, entonces nos entró algo de miedo”.

 

 De nuevo no me sorprenden estas explicaciones, porque son la tónica general de los testimonios de personas que tuvieron experiencias similares. La aparición de estas extrañas luces volvió a repetirse al día siguiente.

SOBRE OTRO MISTERIO SIN RESOLVER, AHORA EN NOCEDO DE CURUEÑO
Mi comunicante de la capital de los Austrias, conocedor de antemano sobre lo mucho que amo esta tierra (tierra del Curueño) me hizo cierto día, de un año bisiesto, una confesión increíble e intrigante: “me acaban de contar –me dijo– una historia sobre tu tierra y, más en concreto, sobre Nocedo de Curueño, que te va a interesar: se trata del hallazgo de una huella de zapato fosilizada que tiene más de un millón de años”. A lo que le contesté cortésmente: “ya, y por el río Curueño llegaron a navegar, además, las galeras de Asterix y Obelix”. Las risas y una cerveza apagaron la euforia y allí, en aquel precioso lugar de la Plaza, quedó todo.


 

El pasado año, cuando ya pensaba en desarrollar la noticia de los ovnis de Otero y ya había iniciado el contacto con los primeros libros en relación con este tema, apareció en el mercado “Mis ovnis favoritos”, de J. J. Benítez  (editorial Planeta, S.A.). Ni que decir tiene que no perdí mucho tiempo en adquirirlo y... ¡oh!, sorpresa. En la página 18 se encuentra el “(Gran) dios marciano” y en las páginas 42 a la 45 me di de bruces con el cuadro de Filippo Lippi, dos de las ilustraciones a las que hago referencia en este artículo. Sin embargo, la mayor sorpresa para mí la encontré entre las páginas 230 a la 235, donde se habla, precisamente, de... ¡increíble! En dichas páginas, su autor –con casi 30 años dedicados a la investigación–, presenta la piedra fósil de Las Caldas de Nocedo y..., por si fuera poco, aparece su fotografia.

 

Imagen de la piedra. Del libro de J. J, Benítez titulado “Mis ovnis favoritos”. Editorial Planeta (2001).

“Se trata –leo– de un relieve casi perfecto de 14 centímetros, en su eje longitudinal, por 7,5 centímetros en el transversal”. Una huella petrificada con más de un millón de años. ¡Increíble, de ser cierto! En opinión de los especialistas, “el dibujo del zapato correspondería a una niña de cuatro años o a un niño de cinco” y se añade –en palabras del traumatólogo sevillano Antonio Hermosilla–que “la marca correspondería a un sujeto de 1,10 metros de estatura”. Y con este último dato, he de confesar que perdí los estribos, porque volví a recordar la información que encontré sobre aquel “incidente” que narra el libro homónimo de Charles Berlitz y William L. Moore, refiriéndose a los seres que, con apariencia humanoide, se estrellaron en Nuevo México en el año 1947: “en cada uno de los cuatro asientos se encontraban unos cadáveres aún sujetos a los cinturones, extremadamente delgados y con una talla que variaba desde los setenta centímetros al metro veinte, aunque eso sí, su cabeza tiene un mayor tamaño en relación al torso y a los miembros. Ojos grandes y profundamente situados, o hundidos, muy separados y un tanto inclinados”. Llegado a este punto,¿no os da la impresión de que estos testigos oculares están explicando parte de la fisonomía del “dios marciano”? (“ojos grandes, separados y un tanto inclinados...”) ¡Increíble!
Termino este artículo con una reflexión en voz alta: estos seres de apariencia diminuta, ¿tendrían algo que ver con las grandiosas figuras de Nazca (Perú), con las civilizaciones Maya o con tantos y tantos misterios sin resolver a lo largo y ancho de este mundo nuestro? Es muy posible. En cualquier caso, permitidme un interrogante sobre su existencia, más que nada, para tranquilizar nuestra, también, diminuta mente humana.

© GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

Nota de agradecimiento:
A doña Magdalena Pozueco Orejas, por su información. A los miembros de la Biblioteca Pública de León, por su paciencia conmigo y por su estimable ayuda a la hora de encontrar lo que buscaba. A los autores de los libros consultados (especialmente los reseñados) y a sus editoriales por hacernos partícipes de sus “secretos” y sus increíbles experiencias sobre el fenómeno OVNI: un fenómeno tan singular como apasionante.

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