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ESCULTORES A LA ORILLA DEL RÍO CURUEÑO

El clima y el paisaje te atraen con tanta intensidad que la vida se funde en una pasión con ellos. Y te van llevando hacia un destino, o te condicionan a seguir determinadas pautas, a fomentar un carácter que, por extraño que parezca, te diferencia de los habitantes de otros lugares, de otras tierras. Si hablamos de cultura, el río Curueño fomenta (y riega) varias facetas. Pero mi planteamiento, en esta ocasión, se detuvo en la escultura. Y fue en busca de ella cuando me encontré con una agradable sorpresa: ¿Cómo es posible que, en tan pocos kilómetros, se encuentren trabajando cinco afamados escultores? ¿Alguien me puede explicar este importante fenómeno? Fenómeno, sí, por cuanto el lugar de nacimiento de estos artistas tenemos que buscarlo en sitios tan dispares como León, Villahibiera de Rueda (León), Ceuta o el lejano Oregón (Estados Unidos). En definitiva, Lucio, José Luis Casas, Amancio González, Diego Segura y Jim Rogers escogieron las orillas del río Curueño para dejar en libertad el alma que va surgiendo de sus sueños. Toda una feliz coincidencia.

El río Curueño buscó las alturas del Puerto de Vegarada, a 1.560 m de altitud, para corretear libremente. Su lugar de nacimiento forma parte del paraíso, y del paraíso son cada uno de los lugares que atraviesa; especialmente los lugares más altos –hasta La Vecilla–, cuyos paisajes y pueblos no necesitan subirse a las nubes para tocar el cielo.
El río Curueño, como cualquier serpiente de agua, zigzaguea continuamente para no detener su marcha hacia su propia muerte (cuarenta y cinco kilómetros más abajo). Pero antes, con cada paso que da, va dejando el sudor de la lluvia y de la nieve allí donde se le demanda. Y va dejando susurros del viento y cantos de nereidas, de mayor a menor intensidad, dependiendo de la estación del año: con el deshielo los cánticos son tan fríos cómo cortantes, tan espectaculares como violentos. Mas con la llegada del calor las melodías que el río Curueño deja son más bien pausadas, relajantes y tan melancólicas que ayudan a mitigar la sed de añoranzas, el regreso, la sed de soledades, la sed del amor, incluso la sed del verano. Sed.
En Nocedo de Curueño el río recoge aguas termales, pero son del todo insuficientes para subir la temperatura en los pozos trucheros; esos pozos donde habita la trucha más fina, la más elegante, la más sabrosa, aunque –también hay que decirlo– cada vez... la más escasa.
El río Curueño –y aquí quería yo llegar– necesitó tiempo y esfuerzo para horadar las piedras que le cerraban el paso. Lo hizo, aguas arriba, para atravesar el desfiladero de los Infiernos (en Redipuertas), y lo tuvo que hacer al llegar al término de Valdeteja. Y lo que hizo en las hoces de este paraje es espectacularmente bello. Las piedras de las rocas blancas, así, le permiten paso libre y nos regalan, si jugamos con la imaginación, una interminable colección de esculturas que, a buen seguro, inspiró a los artistas que buscaron y encontraron en sus orillas el lugar idóneo para lanzar al mundo la belleza de sus propias obras.
Artistas de renombre lo son Diego Segura, Lucio, Jim Rogers, Amancio González y José Luis Casas. Y por este orden, siguiendo el curso del agua del río Curueño, se los presento a todos ustedes, lectores de la revista CAMPARREDONDA, la revista que también buscó en el Curueño su fuente de inspiración.

DIEGO SEGURA

Desde el año 1982, Diego Segura vive en Genicera, aguas arriba del río Curueño, un pueblo que, aunque perteneciente al Ayuntamiento de Cármenes, forma parte de la Mancomunidad del Curueño.
Ahora bien, si quisiéramos llegar al origen de Diego Segura, tendríamos que pasar necesariamente por las ciudades de Barcelona, Asilah (Marruecos) y detenernos en Ceuta (lugar donde nació en el año 1943).
A Barcelona llegó con veinte años. Y fue allí donde completó su formación intelectual y profesional, dentro del campo de la arquitectura y el diseño.

A partir del año 1970, Diego Segura fue, además, un excelente animador cultural y militante ecologista.
«Cuando la cultura –me dice– es la voz de la tierra, con todos sus sentimientos y emociones, y no producto del mercadeo, el trabajo alcanza su condición de actitud y acción sagrada, y con él los valores que genera y que engrandecen la condición humana».

Diego Segura une el arte con la vida continuamente. Y me lo explica con estas palabras: «A los especialistas de la cultura les interesa la cultura. A los expertos en arte les interesa el arte. Al arte le interesa la vida. En mi caso particular, acudo a la naturaleza como fuente de inspiración, inmediatamente antes del ámbito donde la acción humana se entremezcla con ella».

Después de escuchar sus palabras, se entiende muy bien por qué loa críticos, valorando su extensa obra, indican, sobre ella, lo siguiente: «La obra artística de Diego Segura apunta a una lectura consciente del valor plástico de la naturaleza silvestre, su integración profunda en la búsqueda humanista y complementaria con la abstracción creativa».

SOBRE SU OBRA:

Pulso y ritmo. Esas son las dos palabras que escoge Diego Segura para definir su obra. “Pulso –me dice– es un estado emocional. Podemos descubrir un pulso amoroso, un pulso sensitivo, de una presencia sensible, en fin... Lo que yo pretendo es descubrir esos pulsos con todos sus matices, con todos sus colores emocionales, internos, y llevarlos, de alguna manera, a mi obra”.
“Hay ritmo en el agua, en la campiña, en las montañas, en el canto de las aves y en el batir de la alas de una mariposa” –continúa explicándome–.
Y yo asiento. Y digo que ahora que, por fin, he podido “tocar” la obra de este artista, he hallado en ella diversos pulsos y ritmos. Pulsos sensibles y pulsos poéticos. Ritmos vitales para entender la fuerza de un abrazo; el latido de un corazón que siente, que ama, que llora, que incluso suspira por... seguir viviendo.
La obra de Diego Segura, la pequeña obra, sus maquetas, son grandes muestras de lo que se puede conseguir con la ayuda mágica de su intervención. En realidad, Diego Segura puede convertir una raíz –¡qué gran palabra!– en toda una muestra de belleza que, para nada, mancha o incomoda a la propia naturaleza. La obra grande de este artista, la obra pública (en Ceuta o, entre otras ciudades, en Pola de Lena) se integra en el paisaje y ofrece a los espectadores todo un manantial de sensaciones, torrentes de luz. Materia cargada de energía vital. Positiva y admirable. En realidad, viendo estas obras, participando de ellas, hago mías las palabras de Carlos Fregtman: “la pulsación, el ritmo, la luz y el sonido impregnan el Universo y resuenan en el interior de cada uno de nosotros”.

LUCIO

Lucio Antonio Alonso –Lucio– nació en Léon en al año 1961. Sin embargo, su niñez y juventud las vivió en Nocedo de Curueño, el mismo pueblo donde mantiene su taller de escultura, justo al lado del río Curueño.

 

El material que Lucio emplea en sus obras es el metal; concretamente, aquel que poseen las herramientas, instrumentos diversos, aperos de labranza, motores, etc. Su intervención con este material es muy sencilla pero a la vez ingeniosa. Sencilla porque usa las herramientas actuales (soldadura incluida). E ingeniosa, y aquí es donde radica su “arte”, por cuanto con muy pocos elementos (rejas de arados romanos, tubos, engranajes, serruchos, etc.) logra realizar obras impactantes, cercanas al mundo del cómic, por aquello de que el volumen y los detalles de sus monstruos y personajes se esquematiza al máximo, se insinúa. Al final, Lucio, recubre sus piezas con una capa de pintura de color negro.
Mención aparte merecen sus “Cristos crucificados”, y los destaco por dos motivos: primero, porque me parece muy real la visión que ofrecen (totalmente descarnados, aunque su cuerpo óseo conserve la carne de la virilidad, símbolo humano por excelencia) y, segundo, porque, con ellos, con sus “Cristos desnudos” ha tenido que “sufrir” precisamente algún que otro improperio. Y creo que, precisamente por ello, por no resultar indiferentes, no dejan duda alguna de que son excelentes obras. ¿Cuál es el origen del escándalo, y quiénes son, en pleno siglo XXI, los que se escandalizan? Por favor...
Además de colecciones privadas, la obra de Lucio se puede admirar en el parque público de Otero de Curueño (allí se encuentra su particularísimo “Quijote”) y en varios puntos, ubicados en plena naturaleza, de Nocedo de Curueño.

SOBRE SU OBRA:
Es justo reconocer la excelente inventiva de Lucio, cuya base, de buscarla, nos acercaría hasta los más variopintos personajes del mundo rural. Quiero decir con ello que fueron los labriegos, los carreteros, los serradores y un largo etcétera, en peligro de extinción, los que aportaron sus útiles de trabajo, como materia prima, para dar vida a unos monstruos, alados o no, que en absoluto dan miedo, y a unos fantásticos humanoides con corazón de hierro y alma de fuego.

Lucio ha sido, sin duda alguna, un buen “dios”. Y, como todo creador de sueños, no se olvidó de otorgar a su obra la imagen y la semejanza de aquellos primeros héroes que supieron defender su honor dejando los campos sembrados de sangre, de sudor y de lágrimas. La vida, entonces, llevaba el color del luto prendido entre las uñas y en la solapa. Y ahora, hoy como ayer, los personajes de Lucio siguen llevando, con orgullo, su erotismo descarnado dentro de la más negra y exquisita desnudez.
Desnudez. Sí. Pero que nadie se escandalice con ella, porque las pretensiones de Lucio son otras muy distintas: abordar el dolor y la miseria de aquellos tiempos rudos a golpe de martillo en el yunque y usando el cordón umbilical de una eterna soldadura... vacía de otras satisfacciones que no fuera el vivir el día a día. La lucha por la supervivencia. La honra de llegar a un mañana, aunque sólo fuera por ver salir el sol por encima de las montañas o para poder cruzar el río de la gloria tras el combate, a muerte, con un mal sueño.

JIM ROGERS

Desde el lejano Oregón (Estados Unidos), haciendo escala en Inglaterra, llega hasta La Mata de la Bérbula (La Matica) Jim Rogers.

 


«¿Por qué La Mata de la Bérbula?», le pregunto. Y su respuesta me sorprende: «por el paisaje y por el clima». «Me gusta mucho  el cambio de las estaciones» –sigue explicándome.
Y yo le digo «OK».
Y a continuación pienso: «jamás voy a poder estar más de acuerdo con la respuesta de Jim Rogers, si yo mismo he iniciado este artículo con las dos palabras mágicas que cohabitan a ambos lados del río Curueño: clima y paisaje.
Jim Rogers llega a La Mata de la Bérbula, perteneciente al Ayuntamiento de Valdepiélago, y adquiere una casita, cuyo balcón se abre a la naturaleza para admirar el paradisíaco paisaje que, en todo momento, envuelve al pueblo de Otero de Curueño y sus dos zonas: zona alta, de montaña, donde los robles son los dueños y donde destaca La Lomba, y valles bajos repletos de arboleda y vegetación, compartiendo protagonismo con La Vecilla y Valdepiélago.

Jim Rogers –decía– adquiere una casa y... comienza a realizar lo que, sin duda alguna, es su primera obra en estas tierras: la restauración de la misma. ¿Que por qué lo digo? Pues porque Jim Rogers respeta y es respetuoso tanto con los detalles destacados de la casa (las portonas, por ejemplo, o el patio ajardinado) como con los materiales a emplear (materiales propios y característicos de la zona). Después, Jim Rogers aprovecha varias estancias de la casa, bien diferenciadas entre sí, para instalar sus talleres: de carpintería y de tallado. A ellos acudo con la esperanza de atrapar la inspiración del artista. Y lo que encuentro es una parte de su obra, muy avanzada. Toda una gran muestra de excelente figuración.

SOBRE SU OBRA:

Por increíble que parezca y salvo que busquemos la intervención en la fe, escrito está que de una simple costilla hizo Dios a Eva (y vio Dios que era bueno). Los materiales que usa Jim Rogers para dar “vida” a sus obras son muy distintos (madera, latón, bronce, terracota...), pero el resultado que consigue lleva impreso el ritmo que impone el músculo más tierno y vivo, el más piropeado y humano: el corazón.
De todo corazón tengo que decir que la obra de Jim Rogers me sorprendió gratamente. Pues la verdad, tocado, tal vez, por un soplo divino, puedo afirmar que sentí en ella el movimiento de la sangre caliente, el de la belleza más desnuda y más sentimental. Porque de belleza y de sentimientos se viste toda persona, desnuda de otras riquezas que no sean las puramente racionales (¿o no?).
Jim Rogers ama la vida y vive su trabajo. Y esa percepción se le nota a la hora de realizar el busto de una mujer o el torso de un hombre. Y se hace patente cuando plasma la realidad en los baúles y en las cajitas de madera, inspirados también en la silueta de Eva. Útiles baúles para proteger en su interior los secretos más íntimos de sus dueños (cartas de amor, por ejemplo, o flores secas salpicadas por los besos o las lágrimas de su ser más querido). Y sorprendentes cajitas, lujosas cajitas artísticas, con doble personalidad: madera por fuera y granito por dentro (dos esculturas –mano y guante– en forma de mujer desnuda), esperan de tus ojos la admiración. Vaya por delante la mía, que capta en ellas la esencia pura de la poesía más humana.

AMANCIO GONZÁLEZ

Amancio González (Villahibiera de Rueda, León, 1965) todavía tuvo la gran suerte de jugar con aquellos juguetes sencillos que funcionaban a golpe creativo y con la fuerza de la imaginación. De jugar con aquellos juguetes naturales que, día a día, salían a su paso, como el grueso tronco hueco de un árbol (un viejo negrillo), carcomido por el peso de los años, pero que para él y sus amigos era nada menos que la torre de un castillo medieval, la cueva de Alí Babá, un pozo sin fondo, o el último cohete con destino a la Luna.

De aquellos días tan saludables llegó un mañana en el que Amancio González dispuso de una gran reserva de ingenio que decidió canalizar. Primero a través de la pintura, guiado por la mano de Alejandro Vargas –uno de los artistas más representativos del panorama artístico leonés–, y después, y sobre todo, con la escultura. Una escultura con carne de madera, cuerpo de hombre y metáforas por alma. Y así surgieron sus primeras tallas (rostros, torsos y cuerpos masculinos) tan exageradamente expresivas que, en vez de arrugas, en ellas se podía leer el mapa del tiempo, con todas sus variaciones. De esa forma y dentro del ámbito de la figuración, Amancio González encontró un estilo tan personal como humano que, todavía hoy, en cierta medida, conserva.

Las pequeñas tallas dieron paso a sus “gigantes” y fue, entonces, cuando Amancio González decidió hacer de la serrería de Barrio de Nuestra Señora (margen derecho del río Curueño) su cuartel general. Allí se hicieron realidad cientos de esculturas que hoy forman parte de prestigiosas colecciones públicas y privadas, nacionales e internacionales.

SOBRE SU OBRA:
Amancio González es un artista “todo terreno”. De esos grandes artistas que no ponen reparo alguno en “operar” desde un tronco de árbol a un trozo de metal, o a un bloque de piedra (hasta de 15 toneladas) con el fin de encontrar en ellos uno o varios sentimientos dignos de ser trasformados en una escultura poseedora del “don de la palabra”.

Ejemplos hay muchos pero, para que se entienda por qué digo que las esculturas de Amancio “hablan”, me referiré, en concreto, a una de sus explicaciones, mientras me va enseñando esculturas de madera de una sola pieza: «Para hacer una escultura –me dice– hay que tener el oído mejor que la vista. Por eso yo escucho lo que el tronco va diciéndome, con el fin de conseguir acercarme a lo que de él está queriendo salir».
Es posible que de ese “saber escuchar” Amancio González consiga obras dignas, muy dignas de subirse a los altares (uno de sus Cristos se procesiona en la Semana Santa leonesa) o de permanecer en parques y en plazas públicas para nada indiferentes y mudas: desde el silencio más respetuoso, hablan con la voz –a veces poética, a veces despiadada, y siempre clara– que impone la naturaleza o la vida del hombre en sus aciertos o devaneos. “La vieja negrilla” y “Figura sentada con pájaro muerto” (en León), “Don Quijote” (en los jardines del museo Evaristo Valle, de Gijón), “El fantasma de Kai Lykkes” (en Dinamarca) o “La fuente de la Explanada” (grupo escultórico, en Fuerteventura), son claro ejemplo de esa viva voz.

JOSÉ LUIS CASAS

José Luis Casas (León, 1979) lee a Miguel de Unamuno, y en uno de sus libros ha encontrado frases tan maravillosas como estas: “El hueco es un espacio abierto por Dios para hacerse un lugar, la fractura, un efecto de gracia. Mi Dios me dice: Yo soy tu vacío”.

José Luis Casas lee también a otros autores contemporáneos, como el poeta Carlos Aurtenetxe, y en su diario –por si lo pudiera necesitar el día de mañana– lleva este poema: “Abrí la piedra en dos. / Allí, / del fondo de la piedra, del fondo / de los bosques de la piedra / brotaron a millones las voces desgarradas / del silencio, / bajo el sueño del cielo, incontenible, / de tanta madrugada, / abrí tu pecho en dos. / Amanecía”.
José Luis Casas es un escultor actual que se alimenta de otras ramas culturales y... de la observación hasta tal punto que... mira y sabe traducir la dirección del viento; escucha, e interpreta como nadie los sonidos del vacío, o acaricia y percibe la temperatura del todo. Como es obvio, el resumen de estas cualidades lo podemos encontrar en cada una de sus esculturas abstractas. La poesía y la pasión las envuelven. Hay música y hay silencios que hablan por sí solos. La vida, que a veces es un tormento, se refleja en ellas. Y cuando a la vida le da por llenarte de satisfacciones, que es casi siempre, múltiples deleites se perciben observándolas.

José Luis Casas trabaja en Ambasaguas de Curueño. Allí tiene su taller, justo en la casa de sus abuelos paternos, y tan cerca del río Curueño que, especialmente en las noches de invierno, puede, si quiere, oír las conversaciones de las truchas, instantes antes de que el agua en la que habitan, agua del río Curueño, se estrelle, por derecho, en otro río leonés: el río Porma

SOBRE SU OBRA
“Equilibrio”. Puede que esa sea la palabra más adecuada para definir la obra de José Luis Casas. Equilibrio, sí, con todos sus matices: proporción, sensatez, armonía, estabilidad...
Equilibrio para sujetar la agitación en un punto del vacío, o para detener el baile de esos geómetras que, además, admiran, con pasión, las tablas aritméticas. Las tablas aritméticas y el silencio que envuelven los volúmenes y los arañazos de la lluvia por encima del tronco de un árbol o de la piel rugosa de una piedra, y...
Por si había alguna duda, las palabras de José Luis Casas me acercaron hasta la reafirmación de un todo: «Uno se siente –me dijo– abrumado en la vida, insatisfecho, con la necesidad de atrapar algo: el aire, el espacio, el tiempo... Cosas imposibles, pero que merece la pena luchar por ellas; buscarlas sin descanso para explicar los porqués del presente. Necesitamos sensaciones de seguridad, de permanencia. Sentimos lo intemporal, pero somos fruto de un caos, que no cesará  jamás  si  no  lo  intentamos.  Y  porque, dentro de un lenguaje universalmente abstracto, sentimos la belleza escondida en los objetos más insignificantes, tenemos razones suficientes para reafirmar la vida en ese giro, en ese intento.»

¿Reafirmar la vida? Creo que el trabajo de José Luis Casas se basa en un equilibrio vital para afrontar la sangre que derrama una piedra, minutos antes de coser sus heridas con la carne seca de un árbol, o con el frío metal, aquí nada cortante (ni afilado, ni asesino). Creo, también, que existe un justo equilibrio a la hora de abrir en ella –en la piedra–, puertas y ventanas. Y creo que el equilibrio en la sucesión de sus cubos (de madera, de piedra, o de metal) encontró en el centro de la gravedad (o en la resolución de un juego) el pentagrama idóneo para definir otras rutas muy distintas de las que marcan los cuatro puntos cardinales. (H)armonía total.

© Texto y fotografías GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

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