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 DÍAS DE PASIÓN Y LUTO

 ANTE EL “MONUMENTO” DE LA IGLESIA DE SANTA EULALIA (VALDEPIÉLAGO)

Para comprender mejor este artículo se ha de retroceder varios años. Los justos para recordar –si, como yo, los viviste– o  para  imaginar a una sociedad envuelta en exceso de fervor y  luto –si, en este caso, tu nacimiento fue posterior a los años “70”, del siglo pasado–. Hay que retroceder varios años porque, en concreto, voy a hablar de aquellas Semanas Santas vividas intensamente; participativas, pero llenas, a la vez, de angustia ante el temor de no cumplir con las normas establecidas por los dictados del poder y de la Iglesia.

INTRODUCCIÓN
La ley de la abstinencia, entonces, era muy severa. Y aunque tuvieras en regla la Bula de Cruzada, ello no te eximía de la prohibición de comer carne durante los viernes de Cuaresma. Por este motivo, las amas de casa, apartadas de los lujos actuales y sin pescaderías a su alrededor, hacían verdaderos milagros para dejar de “echar al pote” la salvación del hambre (derivados del cerdo), cumpliendo, así, con las exigencias impuestas que evitaban los cosquilleos amargos de una conciencia saturada de estrictas normas. Pan, leche y huevos, junto a los escasos productos de la huerta, eran los únicos “manjares” indultados; los únicos permitidos en los hogares humildes. Y aun así, por si todavía el hambre no tuviera suficientes cuerpos en los que anidar, la imposición del ayuno te obligaba “a no comer o comer muy poco” durante los miércoles, viernes y sábados correspondientes al período cuaresmal.


 

Por otra parte, en las emisoras de radio y, más tarde, en las dos únicas cadenas de televisión, la música estridentemente moderna o –si se prefiere– música “ye-yé” era sustituida por un sinfín de sintonías sacras, interminables conciertos tristes de música clásica o, como mucho, por el retumbar de unos tambores destemplados, acompañando el sonido de las trompetas, que marcaban el paso de unas procesiones tan largas y lentas como la propia Cuaresma. En los cines o en la propia televisión, se reponían las películas de “vidas de santos”, especialmente aquellas que versaban sobre determinados martirologios, o se estrenaban otras, las menos, cuyos argumentos se habían inspirado, siempre, en las Sagradas Escrituras. Se prohibía todo tipo de bailes. Antes de la caída del sol, se cerraban los lugares públicos (bares incluidos), y las plañideras de turno lloraban lágrimas devotas y escupían consignas condenatorias a los muchachos si hacían “esto o aquello” no permitido en los cánones de los tiempos que corrían. En las iglesias se retiraban las flores de los jarrones, se tapaban las imágenes de culto con fundas moradas o negras, se hacía enmudecer a las campanas y, por la noche del Miércoles Santo, se instalaba el “Monumento”. Comenzaban así los días de la Pasión de Cristo.

EL “MONUMENTO” DE LA IGLESIA DE SANTA EULALIA (VALDEPIÉLAGO)
Lo primero que me dicta el recuerdo es que el “Monumento” de la Iglesia de Valdepiélago era espectacularmente grande. Tan alto que te obligaba a elevar la cabeza al cielo, y tan ancho que había que mirarlo varias veces, de izquierda a derecha, o al revés, para “saborearlo” completamente. La realidad es que sus tres cuerpos (dos cortinas a ambos lados y el frontal) tapaban todo el altar y la escalinata del mismo, dejando simplemente un pasillo central, donde se destacaba de manera especial el sagrario.

HISTORIA DE ESTE MONUMENTO
El “Monumento”, según palabras de D. Benito –el anterior párroco de la iglesia de Valdepiélago–, fue donado por la familia Acevedo, de Otero de Curueño que, al parecer, lo trajo de la ciudad de Salamanca. Con esta escasa información estuve trabajando durante varios días, sin lograr avance alguno en mi investigación. Sin embargo, el pasado mes de septiembre (de 2004), realizando el reportaje fotográfico que aparece en estas mismas páginas, descubrí en uno de sus retablos la siguiente inscripción, que copio literalmente:
SE HIZO ESTE MONUMENTO SIENDO MAYORDOMO DN. MARIANO ACEBEDO. 
TIRSO PINXT.
AÑO DE 1846.

Como es obvio, mi alegría fue inmensa, porque, sin querer –ahora sí–, nunca en tan pocas palabras se esclarecieron tantos datos: 1º Aunque se prescinde del primer apellido, se confirma que el donador de este “Monumento” fue Mariano Álvarez Acevedo  (1807-1872), natural de Otero de Curueño quien, entre otros cargos, ocupaba por aquel entonces el de mayordomo. 2º El autor de este “Monumento” se llamaba Tirso o firmaba con este nombre su obra. Aunque al ver la inscripción pudiera parecer que el apellido de este pintor era “PINXT”, he de indicar que nada más lejos de la realidad. “Pinxt” es la abreviatura de la expresión latina pinxit, y en la época a la que pertenece este “Monumento” era habitual encontrarla detrás del nombre del autor. Y 3º El “Monumento” fue realizado en el año 1846, por lo que, próximamente, cumplirá 160 años.

 

Viéndolo de nuevo, puedo asegurar que este “Monumento” posee un importante valor, ya que fue confeccionado siguiendo las pautas de una vieja tradición que se remonta al siglo XVI, en el que se instauró la costumbre de cubrir los retablos con grandes telas que se colgaban desde el techo de los templos por medio de unas poleas (el mismo sistema que se empleó desde siempre en la iglesia de Valdepiélago). Estas telas, por ser originarias del ducado de Anjou, en Francia, recibían el nombre de anjeos o –en castellano– cortinas de retablo o sargas. En cualquier caso, la idea de cubrir los retablos durante la Semana Santa nos ha de llevar necesariamente hasta las antiguas civilizaciones de Grecia y Roma, ya que fueron éstas las que, al realizar determinados sacrificios, tapaban con lujosas telas a sus dioses.
El “Monumento” de la Iglesia de Santa Eulalia, en concreto, disponía de cuatro grandes sargas y se componía de diversos retablos (pinturas al óleo, sujetas en marcos de madera) y otros elementos ornamentales que formaban parte del conjunto total. En la actualidad, tal y como pude comprobar, de este “Monumento” se conservan –desgraciadamente en muy mal estado–, además de las cuatro sargas, ocho cuadros, pintados sobre lienzo, y varios complementos, pintados en esta ocasión sobre madera y recortados para formar las siguientes figuras: una cúpula sujeta por cuatro columnas marmóreas; dos pequeños ángeles, arrodillados; una imagen (¿la Virgen con un cáliz?) y un soldado adormecido.
De los grandes lienzos (166 x 308 cm), destacaré el que incluye la imagen de santa Eulalia y el que representa a un personaje barbado leyendo uno de los libros sagrados, que podría ser San Jerónimo (patrono de Otero de Curueño).
En el lienzo superior de este “Monumento“ todavía hoy se puede admirar la imagen de Cristo reflejada en el paño de La Verónica, custodiado por otros dos símbolos muy conocidos por todos los creyentes: la espada que, según la tradición, atravesó el corazón de Jesús, y la vara que sujeta la esponja con vinagre para “quitarle la sed”.

SANTA EULALIA DE MÉRIDA
Con una túnica azul y envuelta en un copioso manto rojo, destaca en este “Monumento” la imagen de Santa Eulalia de Mérida. Descalza y subida en un pedestal dorado con adornos vegetales, el pintor no se olvidó de poner en sus manos los símbolos que la caracterizan: el libro del Evangelio y la palma del martirio. Pero, ¿por qué fue ella y no una escena más de la vida de Jesucristo la que aparece en los lienzos de este “Monumento”, como es lo más habitual en otros que he visto? Creo que la respuesta más elemental es porque, como bien se sabe, Santa Eulalia († año 304) es la titular de la iglesia de Valdepiélago. Es posible que, después, su donador, Mariano Álvarez Acevedo, pensara en ella como ejemplo de virtud para los jóvenes, siempre “rebeldes” en cualquier época y circunstancia. No debemos olvidar, por otra parte, que el nombre de Eulalia significa “la que habla bien” (Eu = bien, Lal = hablar), por lo que ésta pudiera ser otra de las causas de su inclusión, y así se verían reflejadas en ella todas las personas del “bien”, en toda su extensión. Quiero destacar por otra parte que Santa Eulalia fue ejemplo de valentía y honradez a pesar de sus doce años. Y lo fue –según cuenta la Historia– porque se enfrentó al gobernador Daciano y le dijo: “Decidme, malvado ¿qué furia es la que os empuja a perseguir las almas y los cuerpos de los que no hacen ningún mal y sólo porque adoran al verdadero Dios? Sólo a Él le ofreceré sacrificios y le quemaré el incienso”. Sacrificios e incienso, como bien se sabe, van ligados con la religión católica desde siempre, máxime en aquella época a la que pertenece este “Monumento”. A Santa Eulalia, después de ser vilmente torturada, le pusieron antorchas encendidas en sus llagas. Murió quemada y ahogada por el humo. Dicen que, en el mismo instante de expirar, vieron como una paloma blanca, saliendo de su boca, volaba hacia el cielo. Santa Eulalia fue nombrada mártir por proclamar su fe en Jesucristo. Con este dato –“fe en Jesucristo”– podemos cerrar las causas de su inclusión en el “Monumento”, porque, ahora sí, están reunidas casi todas las piezas del puzzle: sacrificio, fe, buenas palabras, proclamación y... muerte. La muerte de una mártir; la muerte de Jesucristo.

SAN JERÓNIMO
Aunque existan ciertas dudas al respecto, yo estoy convencido, o al menos quiero creerlo, de que el personaje barbado que aparece en otro de los grandes lienzos representa a San Jerónimo. En concreto a un San Jerónimo todavía joven, recién llegado a la ciudad de Roma para estudiar griego, latín y hebreo, antes de iniciar sus estudios profundos de las Sagradas Escrituras. Y me baso en lo siguiente: 1º La figura de San Jerónimo, sea joven o viejo, siempre ha ido acompañada de una espesa barba; aunque después, es evidente, que se le han adjudicado otros elementos por todos conocidos: un libro, un león, un crucifijo y una calavera. 2º El personaje que nos ocupa posee el libro en sus manos y, ante él, aparece totalmente concentrado estudiando su contenido. Y 3º San Jerónimo es el patrono de Otero de Curueño, el pueblo donde nació Mariano Álvarez Acevedo, por lo que a nadie le parecerá extraño que, siendo éste el donador del “Monumento”, quisiera cumplir tanto con Valdepiélago –el lugar donde se encontraba su parroquia, con Santa Eulalia al frente–, como con Otero de Curueño, su pueblo de origen, con San Jerónimo como patrono.

OTROS ELEMENTOS DECORATIVOS
Dejando al margen uno de los lienzos realmente deteriorado, en el que se percibe vagamente la presentación de Jesucristo al pueblo por parte de Poncio Pilato, el resto de los lienzos son meramente decorativos: en ellos aparecen enormes columnas marmóreas y pétreas que terminan con unos espectaculares capiteles que, sin duda, sujetan el techo del Gran Templo. Por otra parte, el “Monumento”, como ha quedado dicho, posee otras pinturas, cuyo soporte es la madera; madera recortada formando diversas figuras. De todas ellas destaco la cúpula y los ángeles, porque realmente eran los elementos centralizadores: adornaban y custodiaban el sagrario. Son también dignas de mención las imágenes de dos soldados, uno a cada lado del pasillo central. De los dos, tan sólo se conserva uno, también muy deteriorado (decolorado e incompleto: le falta su lanza). Por último, no puedo olvidarme de una pintura que –según me han informado– representa a la Virgen con el cáliz que lleva dentro el Cuerpo (la Sagrada Hostia) y la Sangre de su Hijo; sin embargo, en cuanto a la identidad de este personaje, permítaseme la duda.

DÍAS DE PASIÓN Y LUTO. DÍAS DE FERVOR ANTE EL “MONUMENTO”
Convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas (Jl 2, 12-13).

Miércoles Santo fue el día en el que se celebró la reunión del tribunal religioso o judío, conocido como el tribunal del Sanedrín.

Miércoles Santo salió
Judas con falsos intentos.
Casa de Caifás entró y
de esta suerte les habló:
¿qué es lo que hacéis?,
¿estáis  de Jesús tratando y
de cómo lo venderéis?
Yo le pondré en vuestras manos/ si algo me prometéis.

Era el Miércoles Santo un día de ayuno y el primer día de luto oficial de la Iglesia. Primer día, también, en el que se celebraba el Oficio de las Tinieblas ante el “Monumento” (ver remarque bajo estas líneas).

EL OFICIO DE LAS TINIEBLAS
Al parecer, el sentido de esta ceremonia era recordar a los cristianos la cercanía de la muerte del Redentor. Y tenía a su alrededor, no lo puedo negar, un cierto grado de misterio.
Trece velas. Solamente trece velas, instaladas en un tenebrario o candelero especial, alumbraban toda la iglesia, dejando con cada oscilación de sus llamas un vaivén de sombras. Trece velas que representaban a los doce apóstoles y a Jesucristo; la de este último de mayor tamaño.
Después de cada salmo, antífona o lamentación fúnebre se iba apagando una de ellas. Al final sólo quedaba la que representaba a la figura de Jesucristo.
Cuando la iglesia estaba totalmente en tinieblas –de ahí el nombre de este acto–, hablaban con su voz estridente y triste las carracas, auténticas plañideras con lágrimas de madera.

 

Las carracas, a partir de ese mismo día, eran los únicos instrumentos que invitaban a los fieles a acudir a la oración.


Jueves Santo fue el día en que se celebró la última Cena de Jesús; el día en el que se instituyó la Eucaristía.


Jueves por la noche fue
cuando Cristo enamorado
con todo el pecho abrasado
quiso darnos de comer
su cuerpo sacramentado.

En la iglesia de Valdepiélago, aunque no siempre, se celebraba el Lavatorio de los Pies, cuyos protagonistas eran doce niños (los apóstoles) y el sacerdote (en su papel de Jesucristo). Jueves Santo era el día señalado también para cantar delante del “Monumento”, con exceso de fervor, el conocido “Rosario de la Buena Muerte”.

Danos Señor buena muerte por tu santísima muerte.
Por la humildad y pobreza, con que naciste en Belén.
Danos Señor buena muerte...
Por la sangre que vertiste, cuando te circuncidaron.
Danos Señor...

Viernes Santo era un día de riguroso luto y dolor por la muerte de Jesucristo. Ayuno y abstinencia.
El Sacerdote acudía al altar lateral izquierdo en silencio y, en un acto de máxima humildad y penitencia, se tumbaba sobre la alfombra boca abajo. Al levantarse, rezaba por todas las causas en una ceremonia denominada “Flectamus genea” (ceremonia de arrodillarse) y “Levate” (levantarse). No se celebraba la Santa Misa, pero sí había una solemne adoración de la Cruz, en la que el sacerdote iba poco a poco descubriéndola, ya que inicialmente se encontraba tapada con un paño negro:

Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación, ¡Venid a adorarlo!”
“Pueblo mío, ¿qué te han hecho...?
Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza...
Victoria, tú reinarás...”
Un solemne Vía Crucis, tras los Oficios, acercaba a los fieles hasta el cercano “Puente de la Vía”.
1ª ESTACIÓN: El pretorio y casa de Pilato será la primera estación que andarás, y verás que azotaron mi cuerpo seis fuertes verdugos hasta cansarse. Sígueme y verás cómo Pilato sentencia de muerte me dio, procurando al César agradar.
Reina del cielo, estrella del mar, alcanzad la gracia para no pecar.
Cántico: Acompaña a tu Dios alma mía cual vil asesino llevado ante el juez...

2ª ESTACIÓN: Considera, alma, en esta segunda estación, cómo a nuestro amado Jesús le pusieron en sus lastimados hombros el gran peso de la cruz.
La segunda estación es donde apenas oyeron la sentencia dar, los sayones la Cruz me pusieron en hombros y aprisa me hacen caminar. Sígueme y verás que una soga me echaron al cuello, de la cual tiraban con gran impiedad.
Reina del cielo, estrella del mar, alcanzad la gracia para no pecar.

Cántico: Con la cruz de tus culpas cargado, exhausto de fuerzas, camina tu Dios.
Y a subir la pendiente le impelen,
por fuera sayones, por dentro tu amor.
          ¡Dulce Redentor!
Mis pecados tus hombros oprimen. Ya lloro mis culpas y os pido perdón.

3ª ESTACIÓN...

Sábado Santo. Continuaba el luto por la muerte de Jesucristo. Y, al anochecer, se hacía ante el “Monumento” la gran Vigilia Pascual, que consistía básicamente en la bendición del nuevo fuego y del agua, así como de la profesión de la fe y bautizos.
Ilumina esta noche santa con la gloria de la resurrección del Señor.
Cristo ayer y hoy, Principio y Fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo. Y la eternidad. A él la gloria y el poder. Por los siglos de los siglos.
A partir de las doce de la noche se daba rienda suelta al parloteo de las campanas, mudas –como ha quedado dicho– en los últimos días.

Cristo, el Señor Resucitado, nos hace participar de su Cuerpo y de su Sangre, como memorial de su Pascua.

Salmo 117:
Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo...

El “Monumento”, testigo del fervor de los últimos días, se retiraba la misma noche del Sábado Santo, para que el Domingo de Resurrección el retablo y el altar de la iglesia de Santa Eulalia volvieran a aparecer a los ojos de los fieles tan radiantes como renovados: con flores frescas y velas nuevas al lado de las imágenes de culto, libres de aquellos “trapos” que venían a significar algo así como que también los creyentes participaban de la confusión y oprobios del Padre.
Ahora mismo, desde la lejanía que marca el tiempo, viendo aquellas “Semanas Santas” uno puede asegurar, sin temor a equivocarse, que eran el reflejo mismo de la vida cotidiana, donde la pasión (léase padecimiento) y el exceso de lutos pretendían tocarlo todo. Aun así, termino este artículo diciendo que este histórico “Monumento” no tiene culpa alguna; bien al contrario, su abandono es un gravísimo pecado, por lo que suplico a quienes corresponda que lo restauren y lo conserven, como recuerdo de lo que fue la vida ayer para las generaciones venideras.

© Texto y fotografías: GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

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