FERNÁNDEZ CASTAÑÓN:
BAJO EL PODER DE LOS LIBROS
Devolver de la manera más noble un libro a su condición de objeto –y sin perder aquella otra cualidad de documento cultural– es una obsesión llena de sentido para Gregorio Fernández Castañón, que vuelve a sorprendernos en el año 2006 con esta novela, Bajo el poder de las piedras, como ya lo hiciera con sus libros anteriores desde 1993, año en que publicara Remolinos de furia. Desde entonces, seis narraciones y algunas otras aventuras siempre singulares (el originalísimo pergamino que tituló “A la sombra de una primavera” o la propia fundación y coordinación de “Los libros de Camparredonda” y “Los Cuadernos de Plata” o de esta misma revista que el lector tiene en sus manos) han hecho de él una referencia que en León no tiene parecido ninguno, por cuanto su relación con el lenguaje no se detiene en la energía de las palabras sino que aspira, como decíamos más arriba, a vigilar con cuidadoso celo todo lo que se supone que constituye un libro, es decir, un poderoso artefacto que afecta al alma y a todos los sentidos de quien se atreve casi temblando a soportar su ruido entre las manos.

Y es que, en efecto, esta última novela, Bajo el poder de las piedras, certifica la convicción de Fernández Castañón de que la im plicación del lector en esta historia –una sobria y condensada historia medieval que pone al desnudo pasiones intemporales, más allá del contexto elegido para mostrarla– no termina en el hecho de aceptar la circunstancia narrada. La lectura de una novela de Fernández Castañón siempre sobrepasa sus propios límites y se mezcla con las sensaciones que el narrador busca denodadamente para compartir con el lector. Supremo acto de generosidad creativa.
Desde la propia ejecución maravillosa y cuidadísima de la obra –en la que destaca el tratamiento individualizado de la cubierta, con la estampa sobrepuesta, siempre distinta, de un cartulario medieval– hasta la diversidad tipográfica de la propia narración y las ilustraciones debidas a Alejandro Cartujo, llenas de encanto e ingenuidad medieval, todo respira en Bajo el poder de las piedras una delicadeza y un amor al oficio siempre excepcionales. Ello no ha de extrañar a quien conoce de otras veces la escritura y la actitud del autor.
En una declaración de hace tiempo, Gregorio Fernández Castañón ya hacía saber que era un amor hacia las cosas hechas el motor más fiable para resistir el “corto paseo por este mundo, donde la luz es la dueña del destino”. Como si siguiera siendo consciente de la premura y la capacidad de entrega que el breve viaje de la vida exige, su relación con la escritura llega hasta una extralimitación: la de quien considera que leer un libro es poner en juego un potencial que no debe conformarse con la operación de aceptar sin más lo escrito. Y de ahí la peculiar concepción de su propia aventura literaria. Porque un libro de Fernández Castañón es algo más que un libro. Es una máquina maravillosa en que las páginas son, una a una, piezas llenas de deliciosa resonancia visual, táctil y hasta olfativa. El mundo narrativo que convocan no sólo se imagina o se acepta en la conformidad de quien sabe que la condición del lector está sometida a lo que el autor le dicta. Aquí eso no basta porque Fernández Castañón hace de cada libro un juego múltiple de propuestas que terminan por crear un contorno que inunda las sensaciones de quien se deja ganar por la historia que se cuenta.
En este sentido, Bajo el poder de las piedras es una narración a medio camino entre la fábula y la historia, entre el género de intriga, casi policiaco, y ese otro tipo de novelas de carácter universal que pretenden mostrar la intemperie de la condición humana bajo ropajes y apariencias que acaban por mostrarnos, una vez despojados de ellos, tal como somos. El armazón narrativo de Bajo el poder de las piedras es sencillo y a la vez arriesgado: una historia de amor en una comunidad monástica estrictamente masculina. El autor sabe bandearse con discreción y naturalidad –cosa difícil esta de hacer ambas pretensiones compatibles– sin que la historia pierda verosimilitud. A ello ayudan dos factores claves que otorgan fuerza y credibilidad a los hechos contados.
Por una parte, una inteligente estructura en veinte breves capítulos organizados en Primera y Segunda parte –a la que sigue un salto en el tiempo en forma de noticia periodística que acerca a la actualidad y cierra del todo la trama– deja la obra con esa apariencia que tienen las propias vidrieras medievales miniadas, en las que la narración aparece yuxtapuesta en eficaces fogonazos, casi viñetas que se dejan hilar por quien asiste desde afuera a lo que se cuenta. ¿No es verdad que, entonces, el lector de Bajo el poder de las piedras parece asistir como espectador también a una obra visual tanto como a una obra literaria? Esa apariencia que la novela tiene de vidriera miniada se ratifica en la propia composición material del libro. Los caracteres góticos, la tipografía en sanguinas y ocres casi aún húmedos, las preces de los monjes que podemos recitar junto a ellos, la misteriosa baraja medieval de figuras alegóricas…, elementos en absoluto gratuitos sino complementarios sustanciales de la narración, a la que asisten con la contundencia con que los instrumentos de una orquesta configuran matices obligatorios y gestos en el acabado de una sinfonía.
En segundo lugar, creemos que la exposición de los pasajes del mundo natural provocan en la historia aquí narrada un ambiente que lleva al libro a una respiración distinta, a una capacidad de sugestión que deja al lector inmerso sin esfuerzo en el oleaje de aquel mundo elemental y bárbaro de la Edad Media, una época en la que la brutal relación directa con las cosas no eximía a los hombres y las mujeres de una cercanía feliz respecto al mundo animal.
Hablar de ello, dejar ver –a sabiendas o no, eso es otro cantar que delata el poderoso instinto narrador de Fernández Castañón– el mundo de las pasiones y la locura del deseo en un contexto absolutamente organizado como es una orden monástica sometida a reglas y restricciones estrictas, necesitaba de un correlato descriptivo que lo hiciera todo creíble. Y es aquí donde aparece ese mundo natural que lo contornea todo con suma eficacia y sin aturdimiento. El agua helada, casi hiriente, de un río, el aceite de las lámparas, el ruido cereal del trigo sacudido por el viento del páramo, el fuego de Jacobo, el herrero, las recetas curativas en directa relación corporal con los protagonistas, las salmodias y cantos que se cuelan entre los renglones de la narración (¡maravillosa la aparición balbuceante de esas notas cifradas musicales que de pronto aparecen y ya casi se oyen como un coro grave y suplicante!) y sobre todo las piedras, las piedras “que abren sus ojos como libros”, como se dice en el capítulo XII. Todo un mundo vivo que tienta demasiado a los sentidos y al que no pueden negarse esos seres que se han entregado a lo sagrado y han prometido renunciar al mundo y a sus fuerzas. ¿Cómo hacerlo en este marco en que el aliento de la vida está presente sin solución de continuidad y por todas partes en sustancias, especias, oficios, elementos de misteriosa simpleza natural o frutos vivos de la naturaleza?
Por eso, es imposible negarse a aceptar esa tremenda intromisión de la vida en la disciplina lacerante de los monjes. En el capítulo V, Arturo, uno de los monjes que más fuerza presta a la historia, intenta infructuosamente poner obstáculos a la inundación de la vida en su propio cuerpo: “Cerró sus ojos con lágrimas. Se tapó los oídos. Selló sus labios para que los sabores quedaran afuera, a la intemperie /…/ y hasta se negó a traducir con su tacto las diferentes texturas”. Todo inútil porque la vida se cuela por cualquier poro, por cualquier rendija abierta que la deje pasar. El deseo y la imaginación no son compañeros menores en esto.
No podemos terminar de exponer estas impresiones sin aludir, naturalmente, al estuche de madera que acompaña al libro. Como si, por fin, Fernández Castañón quisiera llevarnos del todo a ese mundo que él arma con palabras y gestos visuales, el lector abre la caja añadida al libro como quien sabe que está abriendo un cofre casi mágico. ¿Qué le esperará allí adentro? Símbolos enigmáticos y alegría material (tres piedras, una espiga, una raíz de regaliz que parece mostrarnos la cara subterránea de todo origen) se encargan de incrustar en nuestro corazón por todos lo sentidos del cuerpo (los sentidos: esas otras rendijas por donde se cuela sin orden la maravillosa corriente de la vida) los ecos que la historia medieval de Bajo el poder de las piedras ha podido dejar en nosotros. Haría bien el lector en dejarse acompañar durante la lenta travesía de la lectura de esta novela por el contenido de ese estuche, casi un conjuro que sin duda ayuda a estar de otro modo cerca de la respiración llena de magia de esta novela.
Y harían muy bien los censores y comisarios literarios de esta ciudad, tan dada a recontar una y otra vez, innecesariamente ya, hasta la obsesión la nómina de escritores y escritoras que mantienen el prestigio literario de León, en reconocer como se merece una trayectoria narrativa –la de Gregorio Fernández Castañón– que nos recuerda mejor que nadie en cada reaparición que un libro, ese artefacto cada vez más extraño o maltratado en los negociados literarios, puede aprehenderse con todo lo que somos si el creador hace de él un pequeño universo en el que complicar gozosamente la capacidad de estar en medio de las cosas, aunque la inercia oscura de la vida–“ese corto paseo”, como el mismo Castañón recordaba– nos aleje como a invitados de segundo orden hasta la triste distancia que nos desgasta y hace opacos ante la fuerza de las palabras. Nunca se lo agradeceremos lo suficiente al autor de Bajo el poder de las piedras.
LUCÍA BAQUERO ALISTE
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